5.9.14

SOTOBOSQUE: LA MUJER RADIOYENTE


La mujer radioyente hacía un hueco en su tiempo y conectaba puntualmente la emisora prohibida. Se refugiaba en el rincón más apartado de la casa, donde las paredes no colindaban con pisos vecinos, y a la misma hora nocturna encendía el dial tabú. A nadie se lo comunicaba. Cuanto oía por las ondas, que llegaba con altibajos e interferencias, era contrario a lo que ella había defendido, siquiera por tradición familiar. Sin embargo, su avidez por lo que transmitían aquellas emisiones rebeldes podía más que cualquier circunstancia anterior a la guerra que los suyos habían ganado y los de la radio habían perdido. Cuando salía a la compra por las mañanas, nadie hablaba de nada especial más allá del eterno tema de la carestía de los alimentos y del estraperlo. Si escuchaba algún comentario falaz sobre la vida precaria en el país, que pretendía pintar de rosa a éste, ella callaba y sonreía. En su inmensa humildad la mujer radioyente iba aprendiendo a descreer de lo propio y a permanecer expectante. La noche en que la emisora apenas se captaba medianamente iba a la cama malhumorada. Allí, tendida y presta a recuperarse de las labores de la jornada, la mujer radioyente fantaseaba noticias que no había escuchado. Ponía rostros agradables a obreros desairados, volvía a colocar en su entorno a viejos fugitivos, resucitaba a los muertos de las cunetas. No alzaba banderas, ni sacaba a relucir insignias, ni entonaba himnos, porque la parafernalia le decía cada vez menos. Ella solo quería ver de nuevo viejas caras, escuchar voces desaparecidas, confraternizar con sus antiguos amigos de juventud de los que ya no se había vuelto a saber nada. En sus devaneos, se consideraba locutora y a la vez oyente, y urdía una programación como si medio país clandestino estuviera pendiente de ella. Nunca supe por qué aquella afición de la mujer radioyente a entrar cada día en las ondas de otro mundo que no había sido el suyo. Tal vez su novio militar, muerto hacía ya muchos años, pudiera saber algo. Pero se calla como un proscrito. 

un texto de Fackel
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