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C O N T E X T O


EL NIÑO SUICIDA


"Y aunque después Amalfitano, en la biblioteca de la universidad de Santa Teresa, encontró datos bibliográficos sobre Rafael Dieste que confirmaron lo que ya había intuido o le había dejado intuir don Domingo Garcia-Sabell en el prólogo, titulado "La intuición iluminada" y donde incluso se concedía el lujo de citar en Heidegger (se gibt Zeit. Hay tiempo), durante aquel atardecer en que recurrió como un latifundista medieval su reducido fundo baldío, mientras su hija, como una princesa medieval, se acababa de maquillar ante el espejo del baño, no pudo recordar, de ninguna de las maneras, ni por qué y dónde había comprado el libro ni como éste había acabado embalado y expedido junto con otros ejemplares más familiares y más queridos rumbo en esta populosa ciudad que desafiaba en el desierto entre la frontera de Sonora y Arizona. Y entonces, justo entonces, como si fuera una pistoletazo de salida de una serie de hechos que se concatenarían con consecuencias unas veces felices y otras veces funestas, Rosa salió de casa y dijo que se iba al cine con una amiga y le preguntó si tenía clavos y Amalfitano dijo que si y escuchó cómo la puerta se cerraba de golpe y después los pasos de su hija que recorrían el camino de lajas mal cortadas hasta la minúscula puerta de madera de la calle que no le llegaba ni en la cintura y luego los pasos de su hija en la acera, alejándose en dirección a la parada del autobús y luego el motor de un coche que se encendía. Y entonces Amalfitano caminó hasta la parte delantera de su jardín estragado y estiró el cuello y se asomó a la calle y no vio ningún coche ni a Rosa y apretó con fuerza el libro de Dieste que aún sostenía en su mano izquierda. Y después miró al cielo y vio una luna demasiado grande y demasiado arrugada, pese a que aún no había caído la noche. Y luego se dirigió otra vez hacia el fondo de su jardín eesquilmado y durante unos segundos se quedó quieto, mirando a diestra y siniestra, delante y detrás, por si veía su sombra, pero aunque aún era de día y hacia el oeste, en dirección a Tijuana, aún brillaba el sol, no consiguió verla. Y entonces se fijó en los cordeles, cuatro hileras, atados, por una parte, a una especie de portería de fútbol de dimensiones más pequeñas, dos palos de no más de un metro ochenta enterrados en la tierra y un tercer palo, horizontal, claveteado en los otros por ambos extremos, lo que les concedía, además, cierta estabilidad, y del que pendían los cordeles hata unos ganchos fijados en la pared de la casa. Era el tendedero de ropa, aunque sólo vio una blusa de Rosa, de color blanco con bordados ocres en el cuello, y un par de bragas y dos toallas que todavía chorreaban. En la esquina, en un casucha de ladrillos, había la lavadora. Durante un rato se quedó quieto, respirando con la boca abierta, apoyado en el palo horizontal del tendedero. Después entró en la casucha como si le faltara oxígeno y de una bolsa de plástico con el logotipo del supermercado al que iba con su hija a hacer la compra semanal extrajo tres pinzas para la ropa, que él se empecinaba en llamar "perritos", y con ellas enganchó y colgó el libro de uno de los cordeles y después volvió a entrar en su casa sintiéndose mucho más aliviado.
La idea, por supuesto, era de Duchamp."

Ésta historia inventada por Roberto Bolaño en 2666, tiene un punto curioso, pues Bolaño cita como referencia donde encontrar el libro del sr. Dieste, la Libreria Follas Novas c/Montero Rios, 37 telefoneo 981594406 - 981594418 en Santiago de Compostela. Hechas las comprobaciones pertinentes pude constatar que el Sr. Rafael Dieste existió y era un filósofo gallego y la librería Follas Novas también, pués al llamar a uno de los teléfonos citados, se puso una chica muy agradable que me dijo que no era el primero que llamaba a causa de la novela. "Son las cosas de Roberto" dijo. Pero Roberto, desgraciadamente ya no està entre nosotros.



Rafael Dieste
Rafael Dieste escribió también cuentos, como el que os dejo a continuación:

El niño suicida 

Cuando el tabernero acabó de leer aquella noticia inquietante -un niño se había suicidado pegándose un tiro en la sien derecha- habló el vagabundo desconocido que acababa de comer muy pobremente en un rincón de la tasca marinera, y dijo:

-Yo sé la historia de ese niño.

Pronunció la palabra niño de un modo muy particular. Así que los cuatro bebedores de aguardiente, los cinco de albariño y el tabernero se callaron y escucharon con gesto inquisidor y atento.

-Yo sé la historia de ese niño -repitió el vagabundo. Y tras una sagaz y bien medida pausa, comenzó:

-Allá por el mil ochocientos treinta, una beata que después murió de miedo vio salir del camposanto florido y oloroso de su aldea a un viejo muy viejo desnudo. Aquel viejo era un recién nacido. Antes de salir del vientre de la tierra madre había escogido él mismo esa manera de nacer. ¡Cuánto mejor ir de viejo a mozo que de mozo a viejo!, pensó siendo espíritu puro. A Nuestro Señor le chocó la idea. ¿Por qué no hacer la prueba? Y así, con su consentimiento, se formó en el seno de la tierra un esqueleto. Y después con carne de gusano, se hizo la carne del hombre. Y en la carne del hombre hormigueó el calorcillo de la sangre. Y como todo estaba listo, la tierra-madre parió. Parió un viejo desnudo.

"Cómo después el viejo encontró ropa y alimento es cosa de mucha risa. Llegó a las puertas de la ciudad y como todavía no sabía hablar, los alguaciles, después de echarle una capa encima, lo llevaron delante del juez, como si hubiesen sido testigos: Aquí le traemos a este pobre viejo que perdió el habla con la paliza que le dieron unos ladrones desaprensivos. No le dejaron ni la ropa.

"El juez dio órdenes y el viejo fue llevado a un hospital. Cuando salió, ya bien vestido y alimentado, le decían las monjitas: Va hecho un buen mozo. Hasta parece que perdió años.

"Por aquel entonces ya había aprendido a hablar algo y se hizo mendigo. Así anduvo muchas tierras. En Lourdes estuvo dos veces, la segunda tan rejuvenecido que, los que le habían conocido la primera vez, pensaron que había sido un milagro de la Virgen.

"Cuando adquirió suficiente experiencia pensó que lo mejor era mantener en secreto aquella extraña condición que lo hacía más joven cuantos más años corriesen. Así, no sabiéndolo nadie -a no ser uno o dos amigos fíeles- podría vivir mejor su verdadera vida.

"Trabajó de viejo y se hizo rico para descansar de joven. De los cincuenta a los quince años su vida fue lo más feliz que imaginarse pueda. Cada día gustaba más a las muchachas y anduvo envuelto con muchas y con las más bonitas. Y hasta dicen que una princesa... Pero de eso no estoy seguro.

"Cuando llegó a niño comenzó la vida a complicársele. Le daba miedo la sorpresa con que lo veían entrar tan libre en las tiendas a comprar golosinas y juguetes. Algún ratero de visera calada lo había seguido a veces a lo largo de muchas calles tortuosas. Y alguna vez comió sus golosinas temblando de angustia, con las lágrimas en los ojos y el almíbar en los labios. La última vez que lo encontré -tenía ocho años- estaba muy triste. ¡Cuánto pesaban en su espíritu de niño los recuerdos de su vejez!

"Luego comenzó a atosigarlo día y noche una obsesión tremenda. Cuando pasaran algunos años lo recogerían en cualquier calleja perdida. Quizá alguna señora rica y sin hijos. Después... ¡Quién sabe lo que pasaría después! La lactancia, los paseos en un carrito, con un sonajero de cascabeles en la tierna manecita. Y al final... ¡Oh! El final daba espanto. Cumplir su destino de hombre que vive al revés y refugiarse en el seno de la señora rica -puede que cuando ella durmiese- para ir allí consumiéndose hasta transformarse primero en una sanguijuela, después en un corpúsculo, y luego en pequeñísima simiente..."

El vagabundo se levantó muy pensativo, con las manos en los bolsillos, y comenzó a pasear muy amargado. Finalmente dijo:

-Me explico, sí, me explico que se diese un tiro en la sien el pobre muchacho.

Los cuatro bebedores de aguardiente, creían. Los cinco de albariño sonreían y dudaban. El tabernero negaba. Cuando todos discutían más animadamente, el tabernero de pronto se levantó de puntillas y se puso a mirar alrededor con los ojos muy abiertos. El vagabundo había desaparecido: sin pagar.

FIN

LOS DOS REYES Y LOS DOS LABERINTOS

 




Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. 

Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribó sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: “¡Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso”.Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con Aquel que no muere.


Jorge Luis Borges - en El Aleph, 1949

BLOG:DESCONTEXTO

ANTE LA PUESTA DE SOL

 


Ayer por la tarde, un hombre de ciudad hablaba ante la puerta de la posada. También hablaba conmigo. Hablaba de la justicia y de la lucha por la justicia, y de los obreros que sufren, y del trabajo constante, y de los que pasan hambre, y de los ricos, que tienen anchas las espaldas por eso.

Y al mirarme vio lágrimas en mis ojos y sonrió complacido, creyendo que sentía el odio que él sentía y la compasión que él decía que sentía.

Pero yo apenas lo escuchaba. ¿A mí qué me importan los hombres y lo que sufren, o suponen que sufren? Que sean como yo, y no sufrirán. Todo el mal del mundo viene de que a unos les importen los otros, sea para hacer el bien, sea para hacer el mal. Nuestra alma y el cielo y la tierra nos bastan. Querer más es perderlos y ser desgraciados.

Lo que estaba pensando mientras el amigo de los hombres hablaba (y eso me había conmovido hasta las lágrimas) era en cómo el murmullo lejano de los cencerros, aquel atardecer, no parecía las campanas de una ermita donde fueran a misa las flores y los regatos y las almas sencillas como la mía.

Alabado sea Dios, que no soy bueno y tengo el egoísmo natural de las flores y de los ríos que siguen su camino preocupados sin saberlo tan solo por florecer e ir discurriendo. Es esta la única misión que hay en el mundo, esta: existir claramente y saber hacerlo sin pensar en ello.

El hombre había callado, y miraba la puesta del sol. Pero ¿qué tiene que ver con la puesta del sol quien odia y ama?


Ante la puesta de sol, un cuento de Fernando Pessoa.

¿SUEÑAN LOS ANDROIDES CON OVEJAS ELÉCTRICAS?




Una deliciosa y sutil descarga eléctrica, activada por la alarma automática del climatizador del ánimo, situado junto a la cama, despertó a Rick Deckard. Sorprendido, porque nunca dejaba de sorprenderle eso de despertarse sin previo aviso, se levantó de la cama y se desperezó, vestido con el pijama de colores. En la cama, su esposa Iran abrió los ojos grises, apagados; al pestañeo siguió un gruñido, y cerró de nuevo los párpados.
—Has puesto un ajuste muy suave en el Penfield —regañó a su mujer—. Volveré a modificarlo, te despertarás y...
—Aparta las manos de mis ajustes —le advirtió ella con una nota de amargura—. No quiero despertar.
Se sentó a su lado, inclinado, hablándole en voz baja.
—Si lo ajustas a un nivel lo bastante alto, te alegrarás de estar despierta; ése es el quid de la cuestión. En el ajuste C supera el umbral de la consciencia, como me pasa a mí.
—Se sentía tan bien dispuesto hacia el mundo en general, después de pasar la noche con el dial en la posición D, que le dio unas suaves palmadas en el hombro desnudo y blanco.
—Quita de ahí tu áspera mano de poli —le advirtió Iran.
—No soy poli. —Aunque no había ajustado el mando se sintió irritado.
—Aún peor —dijo su mujer sin abrir los ojos—. Eres un asesino que trabaja a sueldo para los polis.
—Nunca he matado a un ser humano. —Su irritabilidad había aumentado hasta convertirse en hostilidad.
—Sólo a esos pobres andys —dijo Iran.
—Pues no recuerdo que hayas tenido ningún problema para gastarte el dinero de las recompensas que gano en cualquier cosa que te llame la atención.
—Se levantó para acercarse a la consola del climatizador del ánimo—. En lugar de ahorrar para que podamos comprarnos una oveja de verdad que sustituya a la falsa eléctrica que tenemos en la azotea.
Un simple animal eléctrico. Para eso llevo todos estos años esforzándome. —Ya junto a la consola, titubeó entre marcar el código del inhibidor talámico, que suprimiría la ira, o el estimulante talámico, que le irritaría lo suficiente para salir vencedor de la discusión.
—Si aumentas el veneno, yo también lo haré —le advirtió Iran—. Marcaré el nivel máximo y acabarás inmerso en una pelea que dejará cualquier disputa que hayamos tenido a la altura del betún. Tú marca y verás; ponme a prueba.
—Se levantó y corrió hasta la consola de su propio climatizador del ánimo; se quedó de pie junto a ella, mirándole expectante con los ojos muy abiertos.
Él lanzó un suspiro, vencido por la amenaza.
—Marcaré lo que estaba previsto en mi agenda del día.
—Examinó el programa para el día 3 de enero de 1992 y comprobó que se trataba de la actitud profesional de un hombre metódico—. Si marco lo que tengo programado —dijo con cautela—, ¿harás tú lo mismo? — consciente de que no debía comprometerse hasta que su mujer aceptase imitar su ejemplo.
—En mi programa del día figura un episodio depresivo
de autorreproches de seis horas de duración —anunció Iran.
—¿Cómo? Pero ¿por qué has programado algo así? —Eso
atentaba contra el espíritu del climatizador del ánimo—. Yo
ni siquiera sabía que pudiera programarse algo semejante
—dijo, desanimado.
—Estaba aquí sentada una tarde, y como de costumbre había sintonizado el programa del Amigable Buster y sus amigos amigables. Estaba anunciando una noticia importante, cuando pusieron ese horrible anuncio, ese que odio tanto; ya sabes, el de las braguetas de plomo Mountibank.
Durante un minuto, más o menos, apagué el sonido. Y entonces oí al edificio, a este edificio; oí... —Hizo un gesto.
—Los apartamentos vacíos —dijo Rick. A veces también él los oía de noche, cuando se suponía que debía estar durmiendo. Era sorprendente que se clasificara en la parte alta de la horquilla de densidad de población un bloque de
pisos medio vacío como aquél, situado en lo que antes de la guerra eran los suburbios, donde podían encontrarse edificios prácticamente deshabitados... o eso había oído. Había pasado por alto aquella información; como mucha gente,
no quería experimentarlo de primera mano.
—En ese momento —continuó Iran—, cuando tuve apagado el volumen del televisor, estaba en un estado de ánimo 382; acababa de marcarlo. Así que aunque escuché físicamente el vacío, no lo sentí. Mi primera reacción consistió en agradecer que pudiéramos permitirnos un climatizador del ánimo Penfield. Pero entonces caí en la cuenta de lo poco sano que era ser consciente de la ausencia de vida, no sólo en este edificio, sino en todas partes, y no ser capaz de reaccionar. ¿Lo entiendes? Supongo que no. Pero eso se consideraba síntoma de desequilibrio mental; lo llamaron «ausencia de respuesta emocional». Así que mantuve apagado el sonido del televisor y me senté junto al climatizador, dispuesta a experimentar. Al cabo de un rato encontré el ajustede la desesperación. —Su impertinente rostro moreno adoptó cierta expresión de satisfacción, como si hubiera logrado algo valioso—. Así que lo introduje en mi agenda para que apareciese dos veces al mes. Creo que es una periodicidad razonable para sentirse desesperanzada por todo y con todos,
por habernos quedado aquí en la Tierra, después de que todas las personas listas hayan emigrado, ¿no te lo parece?
—Pero tiendes a conservar semejante estado de ánimo —dijo Rick—. A ser incapaz de marcar otro para salir de él. Una desesperación tan amplia, que abarque la totalidad, se perpetúa a sí misma.
—Programo un reajuste automático que se activa al cabo de tres horas —le explicó su esposa—. Un 481: consciencia de las múltiples posibilidades que me ofrece el futuro; una esperanza nueva de que...
—Conozco el 481—la interrumpió. Había marcado aquella combinación muy a menudo, de hecho, confiaba mucho en ella—. Escucha —dijo, sentándose en la cama, cogiéndole las manos para que ella se acomodase a su lado—, incluso con una interrupción automática es peligroso sufrir una depresión, sea del tipo que sea. Olvida lo que has programado y yo haré lo mismo; marcaremos juntos un 104 y lo disfrutaremos juntos, luego tú te quedarás con él un rato mientras que yo reajusto el mío para adoptar mi habitual actitud metódica. Subiré así a la azotea, a ver cómo está la oveja, y luego iré a la oficina; así sabré que tú no estás aquí metida, dándole vueltas a la cabeza con el televisor apagado. —Soltó sus dedos finos, largos, y cruzó el amplio apartamento hasta llegar al salón, que aún olía un poco al humo de los cigarrillos de la noche anterior. Una vez allí, se inclinó para encender el televisor.
—No soporto la televisión antes del desayuno. —La voz de Iran le llegó desde el dormitorio.
—Marca el 888 —sugirió Rick mientras se calentaba el aparato—. El deseo de mirar la televisión, sin importar lo que pase a tu alrededor.
—Ahora mismo no me apetece seleccionar nada —dijo Iran.
—Entonces pon el 3.
—¡No puedo marcar un ajuste que estimula mi corteza cerebral para infundirme el deseo de modificar el ajuste! Si lo que quiero es no marcar, lo menos que querré es precisamente eso, porque entonces querría hacerlo, y querer marcar es ahora mismo la necesidad más ajena a mis deseos que puedo imaginar. Lo único que quiero es quedarme sentada en la cama, mirando el suelo. —Su voz se había vuelto áspera con los matices de la desolación mientras su alma se congelaba y su cuerpo dejaba de moverse, mientras una película instintiva, omnipresente, de un gran peso, de una inercia casi absoluta, la cubría por completo.
Rick subió el volumen del televisor, y la voz del Amigable Buster reverberó con estruendo llenando la sala.
—Ja ja ja, amigos. Ha llegado la hora de dar un apunte sobre la previsión del tiempo. El satélite Mongoose informa que la precipitación radiactiva será especialmente pronunciada hacia el mediodía, momento a partir del cual perderá intensidad, así que para todos los que estéis planeando aventuraros al exterior...
Iran apareció a su lado, con su largo camisón, y apagó el televisor.
—De acuerdo, me rindo. Lo marcaré. Cualquier cosa que quieras que sea; una estática dicha sexual. Me siento tan mal que soy capaz de soportarlo. Qué coño. ¿Qué más dará?
—Lo seleccionaré para ambos —dijo Rick mientras la llevaba de vuelta a la cama. Allí, en la consola de Iran, marcó el 594, reconocimiento a la superior sabiduría del marido en todos los aspectos. En la suya programó una actitud fresca y creativa hacia el trabajo, aunque no lo necesitara, porque ése era su comportamiento habitual sin tener que recurrir a la estimulación cerebral artificial que le proporcionaba el Penfield. 
Después de un desayuno apresurado, pues había perdido mucho tiempo discutiendo con su esposa, Rick se vistió para salir al exterior, incluido el modelo Ajax de la bragueta de plomo Mountibank, y subió a la azotea cubierta de hierba donde «pastaba» la oveja eléctrica. Donde ella, sofisticada pieza de ingeniería que era, mordisqueaba algo, con simulada satisfacción, engañando al resto de los inquilinos del edificio.
Estaba seguro de que algunos de los animales de sus vecinos también eran falsificaciones hechas de circuitos eléctricos, pero nunca había indagado en ello, igual que sus vecinos tampoco habían metido la nariz en lo de su oveja.
Nada habría sido menos cortés. Preguntar «¿esa oveja es auténtica?» hubiese sido peor muestra de mala educación que inquirir si la dentadura, o el pelo o los órganos internos de alguien eran auténticos.
El ambiente matinal gris plomizo, salpicado de motas radiactivas y capaz de ocultar el sol, se desparramaba a su alrededor, irritándole la nariz; aspiró involuntariamente el olor de la muerte. Tal vez era una descripción algo exagerada, pensó mientras se acercaba al trozo de césped que le pertenecía junto al apartamento excesivamente espacioso de
abajo. El legado de la Guerra Mundial Terminus había perdido intensidad; quienes no sobrevivieron al polvo habían
muerto años atrás, y éste, ahora más ligero, tan sólo trastornaba las mentes y los genes de los supervivientes más fuertes. A pesar de la bragueta de plomo, el polvo, sin duda, se filtraba en y sobre él, proporcionándole a diario, mientras no pudiese emigrar, su pequeña dosis de sucia mugre. Hasta entonces, las revisiones médicas a las que se sometía mensualmente confirmaban que era un tipo normal, capaz de reproducirse según los límites que establecía la ley. Pero llegaría el momento en que los médicos del departamento de policía de San Francisco que lo examinaban le darían otro diagnóstico. Continuamente se detectaban nuevas mutaciones genéticas, gente especial, derivada de personas normales a causa del polvo omnipresente. Los carteles, los anuncios televisivos y el correo basura del gobierno machacaban con esta consigna: «¡Emigra o degenera! ¡La decisión es tuya!» Nada más cierto, pensó Rick mientras abría la
puerta que daba a su modesta dehesa y se acercaba a la oveja eléctrica. Pero no puedo emigrar, se dijo. Por mi trabajo.
Le saludó el propietario del pasto contiguo, su vecino Bill Barbour. Al igual que Rick, se había vestido para ir a trabajar, pero también había decidido acercarse antes a ver a su animal.
—Mi yegua está preñada —anunció Barbour con una sonrisa de oreja a oreja. Señaló el imponente percherón que contemplaba el vacío con ojos de vidrio—. ¿Qué le parece?
—Pues me parece que no tardará en tener dos caballos —respondió Rick. Estaba ya junto a la oveja, que rumiaba con la mirada alerta clavada en él, por si le había llevado tortas de avena. La supuesta oveja tenía un circuito capaz de procesar la avena. En presencia del cereal se ponía tiesa y se le acercaba con paso lento pero con cierto garbo—. ¿Qué la habrá preñado? —preguntó entonces a Barbour—. ¿El viento?
—He traído un poco del plasma fertilizante de mejor calidad que había disponible en California —le explicó Barbour—. Gracias a los contactos internos que tengo en la junta estatal para la cría de animales. ¿No se acuerda de que
la semana pasada vino el inspector a examinar a Judy? No ven el momento de tener el potrillo; es un ejemplar de primera categoría. —Barbour dio unas cariñosas palmadas en el cuello del animal, y la yegua inclinó la cabeza hacia él.
—¿Alguna vez se ha planteado la posibilidad de venderla? —preguntó Rick. Deseó en ese momento tener un caballo. Cualquier animal, de hecho. La propiedad y el mantenimiento de un fraude desmoralizaban a cualquiera poco a
poco, por mucho que, desde un punto de vista social, no hubiera más remedio dada la ausencia del ejemplar auténtico. Por tanto no tenía más opción que seguir con el engaño.
Puede que a él no le importara, pero estaba su esposa, y a Iran sí le importaba. Y mucho.
—Vender mi caballo sería una inmoralidad —sentenció Barbour.
—Podría vender el potro. Tener dos animales es más inmoral que no tener ninguno.
—¿A qué se refiere? —preguntó Barbour con extrañeza—. Hay mucha gente que tiene dos animales, incluso tres o cuatro, o en el caso de Fred Washborne, que posee la planta procesadora de algas donde trabajaba mi hermano,
incluso cinco. ¿No leyó el artículo sobre su pato en el Chronicle de ayer? Dicen que es el mayor ejemplar de pato de Muscovy de toda la costa Oeste. —Se le extravió la mirada, como si pensara en el placer de semejantes posesiones; tanto fue así que estuvo a punto de entrar en trance.
Buscando en los bolsillos del abrigo, Rick encontró el manoseado ejemplar del Catálogo Sidney de animales y aves del mes de enero. Buscó en el índice, encontró la entrada correspondiente a los potros (titulada «Caballo, potro»)
y obtuvo el precio medio a escala nacional.
—Por cinco mil dólares podría comprar a Sidney un potro percherón —reflexionó en voz alta.
—No, no podría —dijo Barbour—. Compruebe otra
vez la lista y verá que está en cursiva. Eso significa que no tienen existencias, y que ése sería el precio si tuvieran.
—Suponga que le pago quinientos dólares al mes durante diez meses —propuso Rick—. A precio de catálogo.
—Deckard, usted no entiende de caballos —dijo Barbour con expresión compasiva—. Existe una razón por la que Sidney no tiene stock de potros percherones. Los potros percherones no cambian de manos así por las buenas,
ni siquiera pagando el precio que marca el catálogo. Son muy escasos, incluso los relativamente inferiores. —Se inclinó sobre la valla que separaba ambos pastos, gesticulando—. Hace tres años que tengo a mi Judy, y en todo ese tiempo no he visto una yegua de percherón de su calidad.
Para comprarla tuve que volar a Canadá, y yo mismo conduje durante el viaje de vuelta para asegurarme de que no me la robaran. Si se le ocurriera andar por Colorado o Wyoming con algo parecido, le asaltarían para quitárselo. ¿Sabe por qué? Porque antes de la Guerra Mundial Terminus había literalmente cientos...
—Pero que usted tenga dos caballos y yo ninguno atenta contra los principios básicos teológicos y morales del mercerismo —interrumpió Rick.
—Usted tiene su oveja. Qué coño, puede proseguir con la ascensión de su vida individual, y cuando aferre las dos asas de la empatía se acercará a la honorabilidad. No le niego que si usted no tuviera esa oveja entendería en parte su argumento. Por supuesto, si yo tuviera dos animales y usted ninguno, yo estaría contribuyendo a privarle de la verdadera fusión con Mercer. Pero todas las familias de este edificio... Veamos, en torno a cincuenta: una por cada tres apartamentos, según mis cálculos. Todas tenemos un animal de alguna clase. Graveson tiene allí a su pollo. —Señaló hacia el norte con un gesto—. Oakes y su mujer tienen ese perro rojo enorme que se pasa la noche ladrando. —Adoptó la expresión de quien medita algo, antes de concluir—: Y creo que Ed Smith tiene un gato en su apartamento. Al menos eso dice él, aunque nadie haya visto al animal. Probablemente lo finja.
Rick se acercó a la oveja, se inclinó junto a ella y tanteó en la gruesa capa de lana, que al menos era de verdad, en busca del panel de control oculto que manipulaba el mecanismo. Ante la atenta mirada de Barbour abrió la capa que
lo cubría, dejándolo al descubierto.
—¿Lo ve? —preguntó a su vecino—. ¿Comprende ahora por qué insisto tanto con lo del potrillo?
Hubo una pausa.
—Pobre hombre —dijo finalmente Barbour—. ¿Siempre ha sido así?
—No —dijo Rick mientras cerraba el panel que cubría los controles de la oveja eléctrica—. Hace tiempo tuvimos una oveja de verdad. Mi suegro nos la regaló antes de emigrar. Luego, hace más o menos un año, ¿se acuerda de cuando la llevé al veterinario? Nos cruzamos aquí esa mañana, cuando salí y la encontré tumbada de costado y no hubo manera de que se levantara.
—Pero finalmente lo hizo —dijo Barbour, recordando y asintiendo—. Sí, logró que se incorporara, pero uno o dos minutos después volvió a caerse.
—Las ovejas contraen enfermedades extrañas —explicó Rick—. O, por decirlo de otro modo, las ovejas contraen muchas enfermedades, pero con síntomas idénticos: no hay forma de hacer que se levanten, y tampoco la hay de saber
hasta qué punto revisten gravedad, si se trata de un esguince en una pata o se mueren de tétanos. De eso murió la mía, de tétanos.
—¿Aquí arriba? ¿En la azotea? —preguntó Barbour.
—El heno —explicó Rick—. Esa vez no quité todo el alambre de la bala; dejé un trozo y Groucho, así la llamaba entonces, se hizo un corte con él y contrajo el tétanos. La llevé al veterinario pero murió. Le di muchas vueltas al tema hasta que al final llamé a una de esas tiendas que fabrican animales artificiales y les mostré la fotografía de Groucho.
Ellos la construyeron. —Señaló la réplica reclinada del animal, que seguía rumiando con calma, alerta al menor indicio de avena—. Hicieron un trabajo de primera, y yo he invertido tiempo y atenciones cuidando de ella, como cuando era de verdad. Pero... —Se encogió de hombros.
—No es lo mismo —concluyó Barbour.
—Casi. Sientes lo mismo haciéndolo; tienes que echarle un ojo, igual que cuando estaba realmente viva. Porque puede estropearse y entonces se enterarían todos en el edificio. He tenido que llevarla seis veces al taller para hacerle algunos arreglos sin importancia, pero si alguien se diera cuenta... Por ejemplo, una vez se rompió la cinta de voz, o acabó enredada a saber cómo, y la oveja no dejaba de balar.
Si alguien llega a darse cuenta habría reconocido un fallo mecánico —concluyó, pronunciando con énfasis la última palabra. Y añadió—: Incluso el camión del taller mecánico que la recoge lleva un letrero que reza Consulta veterinaria Tal. Y el conductor viste de blanco, como si fuera un veterinario. —Miró de pronto el reloj, consciente de la hora—.Tengo que ir a trabajar —dijo a Barbour—. Nos
veremos esta noche.
Cuando echó a caminar hacia el coche, Barbour le llamó.
—Hum. No pienso mencionar nada de esto a los vecinos.
Rick hizo una pausa, a punto de volverse para darle las gracias, pero entonces parte de la desesperación de la que le había hablado Iran le dio un golpecito en el hombro, y dijo:
—Yo qué sé. Tal vez no haya ninguna diferencia.
—Pero le despreciarían. No todos, algunos. Ya sabe cómo se comporta la gente con quienes no cuidan de los animales; lo consideran inmoral, poco empático. Me refiero a que técnicamente ya no es un crimen como lo era al terminar la Guerra Mundial Terminus, pero el sentimiento sigue estando ahí.
—Dios mío —dijo Rick, mostrando, vencido, las palmas de las manos—. Quiero tener un animal. Quiero comprar uno, pero con mi sueldo, con lo que gana un empleado municipal... —Si volviera a tener suerte en mi trabajo, pensó. Como hace dos años, cuando en un solo mes retiré cuatro andys. Si llego a saber entonces que Groucho iba a morir... Pero eso fue antes del tétanos. Antes de los seis centímetros de alambre roto que rodeaban la bala de heno, fino como una aguja hipodérmica.
—Tendría que comprarse un gato —sugirió Barbour—.
Los gatos son baratos. Busque en su Catálogo Sidney.
—No quiero una mascota —dijo Rick en voz baja—.
Quiero lo que tuve, un animal grande. Una oveja o, si consigo el dinero, una vaca, un buey o lo que tiene usted: un caballo. —Cayó en la cuenta de que bastaría con cobrar la recompensa que ofrecían por retirar cinco andys. Mil dólares la pieza, muy por encima de mi salario, pensó. Entonces podría encontrar lo que busco en alguna parte, porque alguien me lo vendería. Incluso aunque apareciera impreso en cursiva en el Catálogo Sidney de animales y aves. Cinco mil dólares. Claro que antes esos cinco andys tendrían que viajar a la Tierra, procedentes de los planetas colonizados, pensó. Eso no puedo controlarlo, no puedo hacer que cinco vengan aquí y, aunque pudiera, por todo el mundo hay cazadores de recompensas que trabajan para otras agencias de  policía. Los andys tendrían que instalarse en el norte de California y el cazarrecompensas más veterano de la zona, Dave Holden, tendría que morir o retirarse.
—Compre un grillo —sugirió Barbour, ingenioso—. O un ratón. Eh, por veinticinco pavos hasta podría comprar un ejemplar adulto.
—Su caballo podría morir, igual que le sucedió a Groucho —replicó Rick—. Sin previa advertencia. Cuando vuelva a casa del trabajo esta noche podría encontrarse la yegua tumbada sobre el lomo, con las patas al aire, como un insecto; como lo que me ha sugerido: un grillo. —Se alejó caminando a paso vivo, con las llaves del coche en la mano.
—Discúlpeme si le he ofendido —dijo Barbour, inquieto.
En silencio, Rick Deckard abrió la puerta de su vehículo flotante. No tenía nada más que decir a su vecino. Estaba concentrado en el trabajo, en la jornada que tenía por delante.


¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
PHILIP K.DICK

CRUCES

George Saunders

Todos los años, después de la cena de Acción de Gracias, mi padre sacaba el disfraz de Santa Claus y lo arrastraba hasta una suerte de cruz metálica que había levantado en el jardín. Nosotros formábamos una piña detrás de él y le seguíamos hasta que colocaba allí el disfraz. Durante la semana previa a la Super Bowl, la cruz lucía un jersey y el casco de Rod, y si este quería coger el casco, primero tenía que pedirle permiso a mi padre. El cuatro de julio, la cruz se convertía en el Tío Sam; el Día de los Veteranos, era un soldado; y en Halloween, un fantasma. Aquella cruz era la única concesión de mi padre a las fiestas. Por lo demás, no nos permitía sacar de la caja más de un lápiz de cera a la vez; una Nochebuena le gritó a Kimmie por desperdiciar un trozo de manzana; cada vez que nos poníamos kétchup, lo teníamos a él encima diciendo «Vale, vale, ya basta»; y en las fiestas de cumpleaños había magdalenas en lugar de helado. La primera vez que llevé allí a una cita, la chica me preguntó: «¿Qué es lo que pasa con tu padre y ese poste?», y lo único que pude hacer fue quedarme sentado pestañeando tontamente.

Con el tiempo, Kimmie, Rod y yo nos marchamos, nos casamos, tuvimos hijos y vimos florecer también en nosotros una semilla de mezquindad. Mientras tanto, mi padre empezó a vestir la cruz de forma cada vez más compleja y siguiendo una lógica apenas perceptible. El Día de la Marmota le puso una especie de abrigo de piel y colocó un foco para asegurar la sombra. Después de un terremoto que sacudió Chile, la tumbó y pintó una grieta en el suelo con un aerosol. Cuando mi madre murió, disfrazó a la cruz de Muerte y colgó del travesaño fotos de ella cuando era un bebé. Siempre que pasábamos por allí, encontrábamos amuletos extraños de su juventud dispuestos en torno a la base del poste: medallas del ejército, entradas de teatro, sudaderas viejas o tubos de maquillaje de mi madre.

Un otoño pintó la cruz de amarillo, la cubrió de algodón para proporcionarle abrigo ese invierno y le aseguró descendencia cruzando seis palos de madera y clavándolos a martillazos en diversos puntos del jardín. Tendió cuerdas entre la cruz grande y las tres pequeñas y pegó en ellas, utilizando cinta adhesiva, fichas de archivo en las que pedía disculpas, admitía errores y rogaba comprensión, todo con una caligrafía frenética. Colgó de la cruz metálica un rótulo en el que había escrito AMOR, hizo otro en el que escribió ¿ME PERDONAS? y murió en el vestíbulo con la radio encendida. Poco después le vendimos la casa a una pareja joven que arrancó todo aquello y lo dejó en la calle el día de recogida de basura.

(Traducido por Daniel Weller) «Cruces», un relato de George Saunders

LA ESQUINA



Es el único café del pueblo, en la cuadra de casa; a él vamos todas las tardes y todas las noches: son las únicas reuniones del pueblo. Se entra por una puerta de vidrios verdes; el piso de tablas anchas se ha oscurecido debajo de las mesas de hierro y del rectángulo del billar. Siempre hay nueve mesas, cinco a la izquierda, contra la pared, debajo del espejo; cuatro a la derecha, del lado de la puerta. Los parroquianos llegan a la misma hora, beben lo mismo, conversan las mismas cosas; la última, contra el rincón, se sientan hombres con mujeres vergonzosas, pintadas y con flores en el pelo. Bajo la lámpara central de pantalla verde, la mesa de billar, los tacos y las bolas de marfil; el pizarrón ha desaparecido del muro. Siempre hay muchos carteles, de cigarrillos, salidas de buques, anuncios de circos. Me los sé todos de memoria.

Allí lo vi por vez primera, la tardecita del 7 de abril.

Yo estaba con dos amigos; en otra mesa jugaban un tute, en la esquina esperaba una rubia. Entró solo, arrastrando los pasos sobre el aserrín grueso que cubría el piso. Había lloviznado toda la tarde; cuando abrió la puerta, vi las hojas secas pegadas a la vereda y el empedrado brilloso.

Sin sacarse el sombrero, secándose las manos mojadas, se acercó al mostrador y pidió un café y una caña; las bebió de golpe.

¿De dónde vendría el hombre? Nuevo en el poblado, y solo. Se van y vienen, el pueblo siempre igual.

Me acuerdo bien. A las ocho menos cinco miró el reloj que cuelga sobre la estantería de las botellas, se limpió la boca con el dorso de la mano, volvió a pedir caña y la bebió con frío. Eran las ocho: había vuelto a mirar el reloj.

El mozo le preguntó:

-¿Espera a alguien?

Esos hombres no contestan.

Apenas pasadas las ocho, dejó caer un peso en el mostrador y salió. Desde la puerta había vuelto a mirar la hora.

Ninguno lo conocía, hombres solos por los pueblos, las tardes de lluvia, hombres que no se ven más.

Salimos a las ocho y cuarto, como siempre, cada uno a su casa.

Cruzado en la esquina, boca abajo, herido de cuchillo en la espalda, allí estaba, el cuerpo sobre la vereda y la cabeza colgando en la cuneta; el traje azul se le pegaba al cuerpo, los zapatos eran negros y las medias blancas, de las que antes se ponían a los muertos, el sombrero al ladito nomás.

El farol temblaba en el cielo ceniza caído sobre el pueblo.

Cuando vino la policía, dieron vuelta al cadáver, dejándolo cara a la llovizna. La corbata roja se le había ensuciado en el barro; tenía los brazos doblados, las manos como para agarrarse en algo. El agua no acababa de limpiarle la cara y los ojos abiertos, la piel tensa que se ponía azulada, el pelo renegrido cargado de gomina.

En los bolsillos del saco encontraron seis billetes de cinco, tres de un peso, unos níqueles; ni papeles, ni tarjetas, ni pañuelos con inicial. Nadie en el pueblo sabía su nombre, en ninguna fonda ni pensión.

Me fui a comer sin olvidarlo, hombre visto en dos lugares, el café de todos los días y la esquina de mi casa.

A las diez volví a la esquina. Un perro lanudo lamía con insistencia los coágulos de sangre; de pronto se marchó. Lo estaba guiando el roce de unas plumas mojadas. Sí, el ángel amarillo de la esquina.

Me santigüé, y la noche estaba conmigo.


FIN


La esquina - Juan Carlos Ghiano - 1949

HOLD ON




Perdidos, todos los amores del mundo... 
tan ávidos de esta reina y su amor.
Swinburne, Cleopatra, V


De la vida, del amor, del cielo y del infierno: de la esperanza de ser algún día alguien para otro tras todas esas luces y afeites. Suena cursi, ya lo sé: pero la vida más de una vez resulta cursi para los desgraciados.

Bajé, encendí un cigarrillo y me puse a escribir. Años antes habría llorado; hoy sólo lo lamentaba. Y es que el dolor de llevarse uno mismo a cuestas nos deja a veces impertérritos: a veces nos transforma en personas crueles. Se nos endurece la piel, como a los elefantes, y no por falta de compasión sino por exceso de ella: comprendemos demasiado bien como para no estar al tanto de las alternativas... y sobre todo de las posibilidades.

¿Qué hacer? El muchacho que fui volvió entonces a escena y quiso coger el tren para ir en su busca: tomarla en brazos en medio de las cámaras y arrebatarla en vilo directo a algún motel barato donde sólo un beso bastase para ahogarla. El hombre de hoy permaneció junto a su esposa frente al brillo de la televisión, y apenas si atinó a bajar la escalera para el enésimo cigarrillo del día.

Es la condena, sí, la abyección; el eterno mal de los desconocidos de siempre (ignoro si seguirá allí cuando suba, ignoro si en vez de camerino habitará la porqueriza tras la gruta de Próspero. Querer, llorar, compadecer, he ahí la máxima ley del artista... la que a veces han olvidado los que resuellan ante la miseria ajena en calzoncillos, rascán- dose las uñas de los pies).

            Wrong number.
            Wrong channel.
            Wrong life.

Pero al volver al segundo piso la carnicería continuó. ¿Es que perdimos la vergüenza? ¿Es que la náusea se nos volvió tan irresistible? Oh animula, vagula blandula... ¿qué más decir? Ya Wilde nos advirtió que cada uno mata lo que ama. Y frente a esa pantalla resultamos todos una tropa de asesinos, con las babas goteando cual estropeado y sucio grifo de cocina. Morder, tragar y apretar, sí. Hasta hundir todo lo que conocemos y entendemos por existente bajo la costra vil de la pestilencia. ¡Shakespeare! Nuestro hedor llega hasta el cielo, es verdad: así lo hemos hecho y así nos hemos construido. Es todo lo que hay.


"Hold on", de Braulio Fernández Biggs
en El ciego y los tuertos, DscnTxt Editores, 2015
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