8.3.17

EL APARTAMENTO


Mientras el tren le conducia hacia Blanes, pensaba Albert que llevaba una temporada en que todo le estaba saliendo relativamente bién, después de tres años de borrascosas relaciones había decidido romper con Alba y la verdad es que estaba mucho mejor solo que no todo el santo día al lado de ella , peleándose a menudo por nada. No había ninguna mujer actualmente a su vida, pero se decía que una temporada de relajación también le iría bien, a los treinta y pocos años se es todavía demasiado joven para comprometerse,y convivir con una mujer es muy complicado, al menos para él.
Pensaba en todo esto, en que tenía quince días de vacaciones para disfrutar del sol, la playa y lo que se le ocurriera sobre la marcha, y en el apartamento que había conseguido alquilar a un precio más que razonable tal como estaban los precios este año.
El Sr. Natas con quien había hablado por teléfono, le había dicho que era en las afueras de Blanes, más allá de la Plantera, que quedaba uno poco apartado pero a menos de cinco minutos a pie de la playa de los Pinos. Ya le estaba bien, a primera línea de mar los precios eran imposibles y por andar un poquito no le pasaría nada, es bueno hacer ejercicio se decía.
El autobús le dejó en la Plantera, de allí al apartamento había unos cinco minutos a pie, era un edificio de tres plantas, un poco alejado del resto de viviendas de la zona, gris, sin ningun atractivo y bastante desarreglado. Es un poco deprimente - se dijo mientras se acercaba - pero por el tiempo que estaré, no importa.
Al llamar al timbre del primer piso, como le había dicho, apareció el Sr.Natas, rumano, de mediana edad, bajito y regordete y de cabello destripado dejando eso si entrever una excelsa coronilla, repulsivo todo él y con una risa de conejo que ponía de los nervios. Excesivamente amable y servicial como un tendero de antes - se dijo Albert - pero como no tengo que vivir con él......., eso y el recuerdo del precio del apartamento hicieron desaparecer sus aprensiones.
El Sr. Natas le enseñó el apartamento, era el tercero, había todo lo que podía necesitar, dos habitaciones, comedor, cocina y baño bastante completo. Desde el balcón del comedor se veía el mar, quizás estaba a un poco más de cinco minutos, pensó, tendré que alquilar una bicicleta, se dijo. Una vez se fué el Sr. Natas, Albert se dirigió a la playa de los pinos.
Un cuarto de hora largo fue el tiempo utilizado bajo un sol que aún calentaba, pero el agua estaba fresca y se repuso del acaloramiento. No había demasiada gente, quizás porque eran las seis de la tarde, y mira que si estaba bien allí en la arena dejando vagar la mente y recibiendo la cálida caricia del sol de la tarde. Como tenía tiempo de sobra, para eso son las vacaciones se fue hasta el pueblo andando por el Paseo de mar, compró algunas cosas que le faltaban y se quedó a cenar en el mismo paseo. A las once de la noche enfilaba hacia el apartamento.
Se puso la tele en su habitación y viendo "Centauros del desierto" se durmió.........
Un ruido extraño le despertó, como si se moviera todo el edificio, intentó encender la luz, pero el interruptor no funcionaba, el ruido provenía de la cocina, el del comedor si iba de interruptor y al encenderlo Albert se asustó, la cocina se había encogido, la pared del techo estaba apenas a un metro del suelo y estaba aplastando los armarios, la cocina y la nevera. ¿Que está pasando? Se preguntaba asustado, mientras se daba cuenta de que el techo del comedor empezaba a inclinarse. No se sorprendió al no poder abrir la puerta de la calle pero si que se asustó, más aún en darse cuenta que la puerta del comedor la que daba al balcón, estaba tapiada con ladrillos y aún se veía el cemento casi fresco que chorreaba, a pesar de darle patadas no consiguió romperlos. El techo del comedor continuaba inclinándose y la distancia entre las dos paredes se había acortado. Albert comprendió que no comprendía nada pero que le quedaba poco tiempo de vida y moriría sin saber para que, de una manera atroz. Renunciado, se tendió en posición fetal en el sofá y estalló desesperadamente a llorar, mientras por todo lo que quedaba de apartamento resonaba siniestra la risa de conejo del Sr. Natas.

7.3.17

EL ELEGIDO


Aitor se sorprendió al ser llamado por su superior, si bien era cierto y le constaba (se lo habían hecho saber en más de una ocasión) que estaban muy satisfechos con su trabajo como diseñador de hologramas hexa dimensionales, raro era convocar a un empleado de la clase A5 sólo de 30 años como él a las reuniones del Centro.

Mientras el transportador ascendía hasta la planta 64 del edificio, su cabeza no paraba de dar vueltas al asunto. ¿Que deberían querer de él?

- Control k64 identifiques, por favor.

La voz impersonal del control k64 el sacó de su ensimismamiento, introdujo la tarjeta en la ranura y unos destellos azules le indicaron que tenía el paso libre. Continuó por el largo pasillo que lo condujo hasta la puerta del Centro de reuniones, esperó unos segundos y esta se abrió de manera automática, entró, la sala estaba vacía, decidió esperar ....

Dos minutos transcurrieron hasta que una pequeña puerta al fondo se abrió para dar paso a su superior, que dirigiéndose a él con una amable sonrisa le invitó a sentarse. así lo hizo Aitor que esperó ansioso sus palabras ....

- Verá Aitor, supongo que estará intrigado por que le hayamos hecho venir hasta aquí, convendremos que no es un hecho nada normal.

Aitor asientió sin decir nada más.

- Es cierto, usted ha sido escogido para llevar a cabo una tarea muy especial, única diría yo, y lo hemos hecho por varios motivos, uno de ellos que es el mejor creador de hologramas hexadimensionales que tenemos, en segundo lugar es imaginativo y ordenado y tiene también una calidad no demasiado común, sensibilidad, aparte de que sepamos, no mantiene ninguna relación estable. Es así?

Aitor había enrojecido ante tantas alabanzas.

En lo último que ha dicho es cierto, cuando en el anterior creo exagera usted mis méritos, yo sólo intento hacer tan bien como sé el trabajo que me dan, como Gates nos enseñó.

El Superior sonreía.

- No! Aitor, no exagero y debería usted saberlo, aparte de que no estoy aquí para alabarlo porque si y porque usted conteste con falsa modestia, así que permítame continuar ... Por lo que le he explicado hasta ahora, sepa que ha sido usted elegido para llevar a cabo una importante tarea que estamos convencidos puede alcanzar ya la que como ya debe saber no se puede oponer, de acuerdo.

Aitor asintió, podría preguntar de que se trataba pero era perder el tiempo, no le sería comunicado hasta que su Superior lo considerara oportuno, y aparte ya sabía que no podía decir que no.

El Superior se levantó. Bien, es hora de ir al grano, haga el favor de seguirme.

Abandonaron la sala y el transportador los bajó hasta el sótano del edificio, allí un hombre alto y delgado de largos cabellos blancos los estaba esperando.

- Es él? - Preguntó

Sí, es nuestro hombre, el elegido.

- Parece muy joven

Quizás si, pero es la persona correcta, le aseguro que ha sido seleccionado escrupulosamente, y sabe también que no vamos sobrados de tiempo.

- De acuerdo pues, mientras se dirige a Aitor. Haga el favor de acompañarme.

Aitor despidió de su superior y seguimiento al hombre alto y delgado de largos cabellos blancos, tomaron un transportador biónico que los condujo por debajo de la Megápolis durante cinco minutos, al bajar Aitor y su acompañante se encontraban en una sala exactamente igual al anterior, avanzaron por un pasillo y una puerta se abrió ante ellos.

Aitor comenzó a percibir un olor diferente, desconocido para él, un olor antiguo, embriagador. De pronto se encontró ante una enorme puerta de madera, debía de ser muy antigua, al menos del siglo XIX por lo que había visto en algunos reportajes. Aitor estaba cada vez más intrigado, pero el hombre alto y delgado de largos cabellos blancos no decía nada y él persistió en su silencio también.

El hombre golpeó tres veces con la aldaba que había en la parte derecha de la puerta, pasados ​​dos minutos esta se abrió y apareció un hombre menudo y rechoncho que aparentaba tener muchos años, al menos 180 o quizás más - se dijo Aitor -.

Bienvenidos, os estaba esperando, llegaís a tiempo de tomar una taza de té.

-¿Tiene té?, Que extraño, se dijo Aitor, si ya no hay.

El hombre alto y delgado de largos cabellos blancos no contestó y se limitó a seguir al hombre pequeño y rechoncho que les había ofrecido el té.

A medida que se iban adentrando en el edificio Aitor empezaba a comprender, intuía ya porque había sido elegido, un anciano le había hablado una vez de este trabajo y él sinceramente no le creyó, pero ahora empezaba a entrever que el anciano sabía lo que se decía.

Continuó caminando, sabía que estaba a cien metros bajo tierra, dentro de un edificio singular y único, dañado por la última gran catástrofe del 2035, pero que sin embargo había sobrevivido y había sido recuperado aunque se había mantenido bajo tierra para evitar el expolio y agresión de los supervivientes incontrolados que deambulaban por la superficie. Él, Aitor había sido elegido para ser el guardián y restaurador de la joya de lo que quedaba de Estado, la que había sobrevivido a todas las desgracias de los años anteriores, "el Museo del Prado".

4.3.17

FLOR NEGRA



Miro en torno a la vidriera. No escapa ni un suspiro, una mirada en franca mejoría. Cambia el ritmo de los ruidos, como si empezara un concierto en plena calle, las frenadas, la conversación ajena, el plano argumental de las imágenes. Cruzo el pasadizo curvo. El río lleva poca agua. Está menos hediondo que en otras ocasiones. Las gaviotas entrelazan sus destinos en el vuelo y una anciana grita su hambre a los heridos vientos. Los demás se espantan, pasan, sobrepasan, oyen, desentienden, clarifican, justifican, reflexionan, imaginan otras vidas junto a ella, junto a su destino falso. Otros dejan resbalar una moneda, como fiel acopio de su honor y felonía. Es de noche cuando nos marchamos, yo con ellos, yo con todos, uno más en el fantasmagórico irreal vagón de los idiotas. No hay más rumbo que el de siempre, ni me pesa el alma sin dejar la huella. Es como terminan los cuarenta grados. Es como me acerco al puente del absurdo.

- Relato de Aciro Luménics en Seis mil relatos de ficción absurda, 1961 - del blog tierkries

27.2.17

CAFÉ BÉNABOU


¿Qué sucede cuando la gente no tiene el mismo sentido del humor? No reaccionan adecuadamente entre sí. Es lo que acaba de ocurrirme con el camarero de este Café Tabac de la plaza de Saint-Sulpice, el café donde antaño se sentaba Perec por las mañanas. Decía Wittgenstein que, cuando la gente no comparte el mismo humor, es como si entre ciertos individuos existiese la costumbre de que una persona arrojara un balón a otra, y se estableciera que la otra persona tenía que atraparlo y devolverlo, y que algunas, en lugar de devolverlo, se lo metieran en el bolsillo. Decido olvidarme del camarero de humor distinto y miro hacia la iglesia de Saint-Sulpice. Estoy en el mismo lugar de observación desde el que Georges Perec, en los años setenta, se dedicaba a catalogar esta plaza y anotar de ella muy especialmente «lo que generalmente no se anota, lo que se nota, lo que no tiene importancia, lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes». Aquí escribió Tentativa de agotar un lugar parisino, un libro que consistía en una meticulosa larga lista de lo que había visto en la plaza a lo largo de varios días diferentes. En su momento lo leí con infinita diversión. 
Allí había anotado Perec todo lo que pasaba cuando no pasaba nada y había excluido de su lista sólo lo que pudiera resultar demasiado trascendente, y sobre todo lo que ya estaba «suficientemente catalogado, inventariado, fotografiado, contado o enumerado».

Apuro mi café y tengo un recuerdo para El salto en paracaídas, un breve texto genial, incluido en Nací. Cuando aún era un tierno principiante, hacia 1959, al final de una reunión del grupo de la revista Arguments, Perec pidió la palabra, y su intervención tuvo alguien la ocurrencia de grabarla. Feliz ocurrencia. Perec contó de forma tan inspirada como tartamuda una experiencia muy personal («la cuento porque estoy un poco... porque he bebido un poco»), una aventura de su breve paso por el paracaidismo y la historia de cómo llegó a comprender que, en la literatura y en la vida, era absolutamente necesario lanzarse, tirarse al vacío, «para persuadirse de que eso podría quizá tener un sentido que incluso uno mismo ignorase».

Entre los libros de primera hora que me cambiaron la vida, estuvieron siempre los de Perec, libros que recuerdo haber leído fascinado, devolviéndole al autor, página a página, cada uno de los eufóricos balones que lanzaba. Desde el primer momento, vi que Perec era inseparable de Roussel y de Kafka, precisamente los otros dos escritores que entonces más me interesaban, pues me habían demostrado que en novela era posible hacer cosas muy distintas de las que se predicaban en mi tierra. En aquellos días, por lo que fuera, todo a veces se producía de la forma más sencilla. Y así Kafka, Roussel y Perec llegaron a mí con la máxima naturalidad, casi juntos, y después lo hicieron libros también decisivos como el ensayo novelado Maupassant y «el otro», donde Alberto Savinio, con el pretexto de hablar de Maupassant, acababa hablando de todo, y para eso le bastaba con asociar cualquier idea con el dichoso tema central, en realidad ausente. O libros como El mito trágico del Ángelus de Millet, de Salvador Dalí, cuyo atractivo método de trabajo, alejado de todos los dogmas sobre la novela, se basaba también en asociaciones de ideas, asociaciones que se desplegaban en un tapiz que, al dispararse en todos los itinerarios posibles, acababa por convertirse en inagotable.

Pasa un autobús de la línea 63, y lo anoto —como todo— meticulosamente. Pasa luego uno de la línea 96, que va a Montparnasse. Frío seco, cielo gris. Pasa una mujer elegante llevando tallos en alto, un gran ramo de flores. El 96 es el mismo autobús que Perec atrapara en sus apuntes, y el mismo que luego me trasladará a mi hotel aquí en París, el Littré. Un rayo de sol. Viento. Un mehari verde. Lejano vuelo de palomas. Instantes de vacío. Ningún coche. Después cinco. Después uno. «La trama es una vulgaridad burguesa». Le adjudico la frase a Nabokov. «El estilo avanza dando triunfales zancadas, la trama camina detrás arrastrando los pies», recuerdo que respondió John Banville en una entrevista.

Es posible que estas dos citas sean como lanzar un balón que no van a devolvernos nunca todos aquellos que tienen todavía el humor de situar a la trama decimonónica en un pedestal absoluto. La novela del futuro verá esa trama como una simpleza que hizo furor en cierta época y se reirá de un tópico que me machacó durante mi primera juventud, esa idea de que la novela —«como bien saben en el mundo anglosajón»— ha de privilegiar siempre la trama. Hoy me alegro de haber visto pronto que aquella idea británica sobre la novela, como sucedía con tantas otras, no tenía por qué considerarla una regla inamovible. Me moría de risa el día en que le escuché a Kurt Vonnegut decir que las tramas en realidad eran sólo unas cuantas y no era necesario darles demasiada importancia, bastaba con incorporar —casi al azar— una cualquiera de ellas al libro que estuviéramos escribiendo y de esta forma disponer de más tiempo para la forja de lo que realmente habría de importarnos: la forma de contar lo que vemos, de interpretar el mundo, el estilo.

¿Y cuáles eran esas tramas? Un amigo se las sabe de memoria, tiene una lista muy perecquiana: «Alguien se mete en un lío y luego se sale de él; alguien pierde algo y lo recupera; alguien es víctima de una injusticia y se venga; dos se enamoran, y mucha otra gente se entromete; una persona se enfrenta a un desafío con valentía, y tiene éxito o fracasa; alguien escribe un relato breve (al estilo de Bartleby, el escribiente) y termina escribiendo una historia imaginaria de la literatura del siglo xx (al estilo de Moby Dick)...».

¿Y qué sucede cuando no ocurre nada? Que termina uno a veces por acordarse de los orígenes de su fascinación por las tramas no convencionales y recuerda cuando descubrió que se podían construir libros libres, de estructuras inéditas, con asociaciones y cavilaciones en torno a centros ausentes... Son las doce y doce de la mañana. Pasa un camión Printemps Brumell. Viento. Pienso en métodos construidos con hiperasociaciones de ideas que —como en libros de Savinio o Dalí— no agotan nunca el tema en estudio y observación. Sin duda, una obra maestra absoluta de ese nuevo género fue la hipernovela La vida instrucciones de uso, donde se daban cita todas las tramas de Vonnegut, que de paso eran dinamitadas, en una operación parecida a la de Flaubert cuando en Madame Bovary acabó con el realismo a base de llevarlo hasta su extremo máximo y ser el más realista de todos. Pienso en los veintinueve años y once meses que se cumplen desde que apareciera La vida instrucciones de uso, un libro al que Italo Calvino, por variadas razones —«el compendio de una serie de saberes que dan forma a una imagen del mundo, el sentido del hoy que está también hecho de acumulación del pasado y de vértigo del vacío»— consideraba como el último verdadero acontecimiento en la historia de la novela: puzzle en el que el propio puzzle da al libro el tema de la trama y el modelo formal, y donde el proyecto estructural y la poesía más alta conviven con asombrosa naturalidad.

De hecho, durante un largo tiempo La vida instrucciones de uso fue para muchos, en efecto, el último verdadero acontecimiento de la novela moderna. Después, vendría un gran libro de Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, que recogía con extraordinaria osadía y talento el guante lanzado por Perec. Día de cielo gris, frío seco. Viento. Pasa un señor con aspecto de secretario «provisionalmente definitivo» de alguna sociedad secreta de inventores de aforismos. Parece salido de una de las páginas más divertidas de Perec. Podría llamarse perfectamente Bénabou. Incluso este café, si lo miro bien, podría llamarse también Bénabou. Pasa otro autobús de la línea 63. Pasa el 96. Lasitud de los ojos. Risas sofocadas. Distintos humores. Voy anotando. Alguien mueve un visillo más allá del café Bénabou. Tañidos de la campana de Saint-Sulpice. Se acumula el pasado y al mismo tiempo el vértigo de un vacío, lo que también anoto debidamente. Pasa otro 63. Quisiera decir todo lo que le es posible a un hombre decir, y decirlo, además, de todos los modos posibles. Pero me parece que, ni aun logrando esto, conseguiría terminar algo. Pasa otro 96, éste con aspecto de querer salir disparado hacia las nubes. Como si de una respuesta a semejante aspiración se tratara, ahí arriba, una nube parece inmóvil. Paradojas de cielo y tierra. Risas calladas. No pasará nunca otro 96.


“Café Bénabou”, 
de Enrique Vila-Matas
en El viajero más lento, 1992
del blog: DESCONTEXTO.

26.1.17

MI SOMBRA


Mi sombraNo nos decimos ni una palabra pero sé que mi sombra se alegra tanto como yo cuando, por casualidad, nos encontramos en el parque. En esas tardes la veo siempre delante de mí, vestida de negro. Si camino, camina; si me detengo, se detiene. Yo también la imito. Si me parece que ha entrelazado las manos por la espalda, hago lo mismo. Supongo que a veces ladea la cabeza, me mira por encima del hombro y se sonríe con ternura al verme tan excesivo en dimensiones, tan coloreado y pictórico. Mientras paseamos por el parque la voy mimando, cuidando. Cuando calculo que ha de estar cansada doy unos pasos muy medidos —más allá, más acá, según— hasta que consigo llevarla donde le conviene. Entonces me contorsiono en medio de la luz y busco una postura incómoda para que mi sombra, cómodamente, pueda sentarse en un banco.

Alas -

Yo ejercía entonces la medicina en Humahuaca. Un tarde me trajeron un niño descalabrado; se había caído por el precipicio de un cerro. Cuando para revisarlo le quité el poncho vi dos alas. Las examiné: estaban sanas. Apenas el niño pudo hablar le pregunté:

-¿Por qué no volaste, m’hijo, al sentirte caer?

-¿Volar? -me dijo- ¿Volar, para que la gente se ría de mí?

FIN

Enrique Anderson Imbert
DOS CUENTOS CORTOS
ciudad seva.com

16.1.17

EL DESIERTO


Ray Bradbury

Oh, el día feliz al fin ha llegado…

Era la hora del crepúsculo y Janice y Leonora preparaban infatigablemente el equipaje, entonando canciones, comiendo algún bocado, y animándose mutuamente. Pero no miraban la ventana, donde se apretaba la noche, y las estrellas eran brillantes y frías.

-¡Escucha! -dijo Janice.

Parecía un buque de vapor río abajo, pero era un cohete en el cielo. Y más allá… ¿el sonido de unos banjos? No, sólo los grillos de una noche de estío en este año 2008. Diez mil sonidos en la ciudad y la atmósfera. Janice, cabizbaja, escuchaba. Hacía mucho, mucho tiempo, en 1849, esta misma calle había hablado con voces de ventrílocuos, predicadores, adivinos, doctores, jugadores, reunidos todos en esta misma ciudad de Independence, Missouri, esperando a que se tostase la tierra húmeda y la alta marea de la hierba creciese hasta sostener el peso de carros y carretas, los indiscriminados destinos, y los sueños.

Oh, el día feliz al fin ha llegado, 
y a Marte nos vamos, Señor, 
cinco mil mujeres en el cielo, 
una siembra abrileña, Señor.

-Es una vieja canción de Wyoming -dijo Leonora-. Le cambias las palabras y sirve muy bien para 2003.

Janice alzó la cajita de píldoras alimenticias, imaginando las cargas que habían llevado aquellas carretas, de anchos ejes y elevados asientos. Por cada hombre, cada mujer, ¡increíbles tonelajes! Jamones, tocino, azúcar, sal, harina, fruta, galleta, ácido cítrico, agua, jengibre, pimienta… ¡una lista tan grande como el país!

Y ahora, aquí, unas píldoras que cabían en un reloj pulsera la alimentaban a una no desde el Fuerte Laramie a Hangtown sino a lo largo de todo un desierto de estrellas.

Abrió de par en par las puertas del armario y casi lanzó un grito.

La oscuridad y la noche y el espacio que separaba los astros la miraban desde dentro.

Años atrás su hermana la había encerrado en un armario, y en una fiesta, jugando al escondite, había corrido por una cocina, hacia un vestíbulo largo y sombrío. Pero no era un vestíbulo. Era una escalera a oscuras, una boca de sombra. Había corrido en el aire, agitando los pies, gritando y cayendo. Cayendo en una negrura de medianoche. Un sótano. Tardó mucho, un latido, en caer. Y había estado ahogándose mucho, mucho tiempo, en aquel armario, sin luz, sin amigos, sin nadie que oyera sus voces. Apartada, encerrada en la oscuridad. Cayendo en la oscuridad. Chillando.

Los dos recuerdos.

Ahora, abiertas de par en par las puertas del armario (la oscuridad como una colgada mortaja de terciopelo que espera el roce de una mano temblorosa; la oscuridad como una pantera negra que respiraba allí dentro, que la miraba con ojos opacos) los dos recuerdos la asaltaron otra vez. El espacio y una caída. El espacio y el encierro. Los chillidos.

Habían trabajado sin descanso, empaquetando, apartando los ojos de la ventana y la terrible Vía Láctea y la inmensidad vacía. Pero el armario tan familiar, con su noche privada, les recordaba al fin su destino.

Así sería, allá fuera, entre los astros, en la noche, en el espantoso armario cerrado, chillando, sin que nadie oyera. Cayendo para siempre entre nubes de meteoros y cometas impíos. Cayendo por la abertura del ascensor. Cayendo por la boca de pesadilla de la carbonera, hacia la nada…

Janice gritó, y el grito se volvió sobre sí mismo, en su cabeza y su pecho. Gritó. Cerró de un golpe la puerta del armario. Se apoyó contra ella. Sintió que la oscuridad respiraba y se agolpaba detrás de la puerta, y la sostuvo firmemente, con los ojos húmedos. Se quedó así mucho tiempo, mirando trabajar a Leonora, hasta que terminaron los temblores. Y la histeria, así ignorada, fue escurriéndose poco a poco. En la habitación se oyó el tictac de un reloj pulsera, con un claro sonido de normalidad.

-Noventa millones de kilómetros. -Janice se acercó al fin a la ventana como si fuese un pozo profundo. -No puedo creer que unos hombres, en Marte, esta noche, levanten ciudades, esperándonos.

-Embarcaremos mañana, no hay más que creer. Janice extendió un camisón blanco como un fantasma.

-Raro. Raro… casarse… en otro mundo.

-Acostémonos.

-¡No! La llamada es a medianoche. No dormiría pensando cómo decirle a Will que iré a Marte. Oh, Leonora, piénsalo, mi voz viajando noventa millones de kilómetros por el teléfono luz. Cambio de parecer tan rápidamente… Tengo miedo.

-Nuestra última noche en la Tierra.

Ahora que lo sabían y lo aceptaban, el conocimiento las encontraba afuera. Se iban, y no volverían jamás. Dejaban la ciudad de Independence, en el Estado de Missouri, en el continente americano, rodeado por un océano, el Atlántico, y por otro, el Pacifico. Y ningún océano aparecería en los marbetes del equipaje. Habían escapado a este último conocimiento. Ahora se enfrentaban con él. Y se sentían aturdidas..

-Nuestros hijos no serán americanos, ni siquiera terrestres. Seremos todos marcianos, hasta el fin de nuestros días.

-¡No quiero ir! -gritó Janice de pronto.

El pánico la invadió con hielo y fuego.

-¡Tengo miedo! ¡El espacio; la oscuridad, el cohete, los meteoros! ¡Nada alrededor! ¿Por qué he de ir?

Leonora la tomó por los hombros y la apretó contra su cuerpo, acunándola.

-Es un nuevo mundo. Como en los viejos días. Los hombres primero, y luego las mujeres.

-¡Por qué, por qué he de ir, dime!

-Porque -dijo al fin Leonora, serenamente, sentándola en la cama- Will está allá arriba.

Era bueno oír ese nombre. Janice se tranquilizó.

-Los hombres lo hacen todo tan difícil -dijo Leonora-. Antes cuando una mujer corría trescientos kilómetros detrás de un hombre llamaba la atención. Luego fueron mil kilómetros. Y ahora todo un universo. Pero eso no podrá detenernos, ¿no es verdad?

-Temo parecer una tonta en el cohete.

-Seré una tonta contigo. -Leonora se incorporó. -Bueno, recorramos la ciudad. Veamos todo una última vez.

Janice miró la ciudad.

-Mañana de noche, todo seguirá aquí menos nosotras. La gente despertará, comerá, trabajará, dormirá, despertará otra vez, y nosotras no lo sabremos.

Leonora y Janice se movieron por el cuarto como si no pudiesen encontrar la puerta.

-Vamos.

Abrieron la puerta, apagaron las luces, salieron, y cerraron.

En el cielo había muchas idas y venidas. Vastos movimientos florales, grandes silbidos y chirridos, descendentes tormentas de nieve. Helicópteros, copos blancos, que bajaban en silencio. Del este y el oeste y el norte y el sur llegaban las mujeres con los corazones guardados en las valijas, envueltos cuidadosamente en papel de seda. Chubascos de helicópteros cubrían el cielo nocturno. Los hoteles estaban llenos; se armaban camas en las casas privadas; ciudades de lona se alzaban en jardines y prados como flores raras y feas, y en la ciudad y el campo había una tibieza mayor que la del verano. La tibieza de los rostros rosados de las mujeres y las caras tostadas de los hombres que miraban el cielo. Más allá de las colinas los cohetes probaban sus fuegos, y el sonido de un órgano gigantesco estremecía los cristales y los huesos escondidos. En las mandíbulas, en los dedos de los pies y las manos se sentía el mismo temblor.

Leonora y Janice se sentaron en la cafetería entre mujeres extrañas.

-Están muy lindas esta noche, pero parecen tristes -dijo el hombre detrás del mostrador.

-Dos chocolates malteados.

Leonora sonrió por las dos. Janice parecía muda.

Miraron la bebida de chocolate como si fuese la rara pintura de un museo. La malta escasearía durante años, en Marte.

Janice buscó en su cartera, sacó lentamente un sobre, y lo puso en el mostrador de mármol.

-Es una carta de Will. Vino en el cohete-correo hace dos días. Esto me decidió. No te lo dije. Quiero que la veas ahora. Vamos, lee.

Leonora sacudió el sobre, sacó la nota, y la leyó en voz alta.

«Querida Janice. Esta es nuestra casa si decides venir a Marte. Will.»

Leonora golpeó otra vez el sobre y una imagen a colores surgió en el dorso. Era la fotografía de una casa oscura, musgosa, antigua, de color castaño; una casa cómoda, con flores rojas y un cerco verde y fresco, y una enredadera velluda en el porche.

-¡Pero Janice!

-¿Qué?

-¡Es una fotografía de tu casa, aquí en la Tierra, aquí en la calle Elm!

-No. Mira.

Y miraron otra vez, juntas, y a ambos lados de la oscura y cómoda casa, y detrás de ella, había un escenario qué no era terrestre. El suelo era de un raro color violeta, y la hierba de un rojizo pálido, y el cielo brillaba como un diamante gris, y un extraño árbol torcido crecía a un costado, como una vieja con cristales en la cabeza canosa.

-Es la casa que Will construyó para mí -dijo Janice- en Marte. Ayuda mirarla. Todo el día de ayer, antes de decidirme, y cuando sentía más miedo, sacaba la fotografía y la miraba.

Las dos mujeres contemplaron la casa cómoda y oscura a noventa millones de kilómetros; familiar, pero extraña, vieja, pero nueva, con una, luz amarilla en la ventana del vestíbulo.

-Ese hombre, Will -dijo Leonora, moviendo la cabeza-, sabe lo que hace.

Terminaron las bebidas. Afuera una multitud desconocida iba de un lado a otro, y la «nieve» caía persistentemente en el cielo de verano.

Compraron muchas cosas tontas para llevar: paquetes de caramelos de limón, lustrosas revistas femeninas, perfumes frágiles (que los oficiales del puerto decidieran, luego, lo que era «carga esencial»), y caminaron por la ciudad sin preocuparse por el dinero; alquilaron dos chaquetas ceñidas, dos máquinas que vencían la gravedad e imitaban el vuelo de las mariposas, y tocaron los delicados dispositivos y sintieron que flotaban como los blancos pétalos de un capullo.

-A cualquier parte -dijo Leonora-. A cualquier parte.

Dejaron que el viento las arrastrara, dejaron que el viento las llevara a través de la noche perfumada de manzanos, y la noche de cálidos preparativos, sobre la ciudad encantadora, sobre las casas de la infancia y otros días, sobre escuelas y calles, sobre los arroyos y granjas y prados tan familiares, donde los granos de trigo parecían monedas de oro. Flotaron como deben de flotar las hojas ante la amenaza de un viento incendiado, con murmullos de advertencia, y relámpagos de estío que estallan entre recogidas colinas. Vieron el polvo lechoso de los caminos por donde habían paseado en helicópteros a la luz de la luna, en grandes espirales de sonido que descendían a las grillas de frescas corrientes nocturnas, con jóvenes que ahora no estaban allí.

Flotaron en un inmenso suspiro sobre una ciudad ya remota, una ciudad que se hundía, detrás de ellas, en un río negro, y subía, ante ellas, en una marea de luces y color, intocable. Un sueño, ahora, ya manchado por la nostalgia, con temibles recuerdos que se alzaban demasiado pronto.

Flotando serenamente, remolineando, miraron en secreto un centenar de queridos amigos que dejaban atrás, gente a la luz de las lámparas y encuadrada por ventanas que parecían moverse con el viento. No hubo árbol en que no buscaran viejas confesiones de amor, grabadas allí y marchitas; no hubo acera que no recorrieran deslizándose como sobre campos de mica. Por primera vez advirtieron que la ciudad era hermosa, y que las luces solitarias y los antiguos ladrillos eran hermosos, y sintieron que los ojos se les agrandaban, ante aquella fiesta. Todo flotaba en un tiovivo nocturno, con entrecortadas ráfagas de música, y voces que llamaban y murmuraban desde casas hechizadas blancamente por la televisión.

Las dos mujeres pasaron como agujas, tejiendo con su perfume un árbol y el próximo. Tenían los ojos ya colmados, y sin embargo siguieron recogiendo todos los detalles, todas las sombras, todos los robles y álamos, todos los coches que pasaban, y los corazones.

“Siento como si estuviese muerta, pensó Janice, en el cementerio en una noche primaveral y todo viviese menos yo, y todos se movieran, dispuestos a continuar la vida sin mí. En otras primaveras, cuando era muy joven, pasaba por el cementerio y lloraba. Había muertos, y eso me parecía injusto. En noches tan suaves como ésta me sentía viva, y culpable. Y ahora, aquí, esta noche, siento que me han sacado del cementerio y me dejan pasear para que vea una vez más cómo es la vida. Cómo es una ciudad, y la gente, antes, que me cierren la puerta en la cara”.

Dulcemente, dulcemente, como dos linternas de papel en el viento de la noche, las mujeres pasaron sobre sus vidas y los prados donde brillaban las ciudades de lona, y los camiones que correrían hasta el alba. Bajaron y subieron sobre todo durante mucho tiempo.

El reloj de los Tribunales daba sonoramente las doce menos cuarto cuando las dos mujeres descendieron de las estrellas, como telas de araña, frente a la casa de Janice. La ciudad dormía, y la casa las esperaba para que buscaran allí su sueño, que no estaba allí.

-¿Somos realmente nosotras? -preguntó Janice. -Janice Smith y Leonora Holmes en el año 2008?

-Sí.

Janice se humedeció los labios, enderezándose.

-Me gustaría que fuese otro año.

-¿1492? ¿1612? -Leonora suspiró y el viento en los árboles suspiró con ella, alejándose. -Siempre es el día de Colón, o el día de la roca de Plymouth, y maldita sea si sé qué deben hacer las mujeres.

-Quedarse solteras.

-O hacer lo que hacemos.

Abrieron la puerta de la casa tibia, mientras los sonidos de la ciudad morían para ellas. Cerraban la puerta, cuando sonó el teléfono.

-¡La llamada! -gritó Janice, corriendo.

Leonora entró en la alcoba detrás de ella, y ya Janice había levantado el receptor y decía:

-¡Hola! ¡Hola!

Y el operador de una lejana ciudad preparó el inmenso aparato que uniría dos mundos, y las dos mujeres esperaron, una sentada y pálida, la otra de pie, pero igualmente pálida, inclinada hacia ella.

Hubo una larga pausa, llena de astros y tiempo, una pausa de espera no muy distinta de los tres últimos años. Y ahora había llegado el momento, y le tocaba a Janice llamar a través de millones y millones de meteoros y cometas, alejándose del sol amarillo que podía disolver o quemar sus palabras, o chamuscar su sentido. La voz de Janice sería como una aguja de plata, a través de todo, en la noche enorme, con puntadas de conversación, reverberando sobre las lunas de Marte, y más allá. Y la voz alcanzaría al hombre en un cuarto de una ciudad de otro mundo, luego de cinco minutos. Y éste era su mensaje:

-Hola, Will. Janice te habla.

La muchacha tragó saliva.

-Dicen que no tengo mucho tiempo. Un minuto.

Cerró los ojos.

-Quisiera hablarte despacio, pero me indicaron que hablara de prisa, y lo dijese todo de una vez. Así que…, esto quiero decirte: Lo he decidido, iré allá arriba. Saldré en el cohete de mañana. Iré allá arriba contigo al fin y al cabo. Y te quiero, espero que me oigas. Te quiero. Ha pasado tanto tiempo…

“¿Qué me dirá Will? ¿Qué me dirá en su minuto de tiempo?”, se preguntó. Jugueteó con su reloj pulsera y el receptor del teléfono luz crujió en su oído y el espacio le habló con danzas y bailes eléctricos y audibles auroras.

-¿Contestó Will? -susurró Leonora.

-Calla -dijo Janice doblándose sobre sí misma, como si se sintiera enferma.

Y en seguida la voz de Will llegó del espacio..

-¡Lo oigo! -gritó Janice.

-¿Qué dice?

La voz llamó desde Marte y pasó por lugares donde no había amaneceres ni tardes, sino siempre la noche con un sol ardiente en la oscuridad. Y en alguna parte, entre Marte y la Tierra, todo el mensaje se perdió, barrido quizá por la gravedad eléctrica de algún meteoro, o interferido por la lluvia de meteoritos de plata. De cualquier modo, desaparecieron las palabras pequeñas, las palabras poca importantes, y la voz de Will llegó diciendo solamente:.

-…amor…

Luego otra vez la inmensa noche, y el sonido de las estrellas que giraban en el cielo, y los soles que se susurraban a sí mismos, y el sonido del corazón de Janice, como otro mundo en el espacio.

-¿Lo oíste? -preguntó Leonora.

Janice sólo pudo mover afirmativamente la cabeza.

-¿Qué dijo, qué dijo? -gritó Leonora.

Pero Janice no podía decírselo a nadie; era demasiado hermoso para decirlo. Allí se quedó, escuchando una y otra vez esa única palabra, tal como la devolvía su memoria. Se quedó escuchando mientras Leonora le sacaba el teléfono y lo ponía otra vez en la horquilla.

Luego se fueron a la cama y apagaron las luces y el viento nocturno sopló a través de los cuartos trayendo el aroma de largos viajes por la oscuridad y las estrellas. Y hablaron del día siguiente, y de los días que vendrían, que no serían días, sino días-noches de un tiempo intemporal. Las voces se apagaron al fin, hundiéndose en el sueño o el pensamiento, y Janice quedó sola.

¿Así fue hace un siglo, se preguntó, cuando las mujeres, la noche antes, se preparaban a dormir, o no se preparaban, en los pueblos del Este, y escuchaban el ruido de los caballos en la noche, y el crujido de las carretas, y el rumiar de los bueyes bajo los árboles, y el llanto de los niños acostados antes de hora? ¿Y los ruidos de llegadas y partidas en los bosques profundos y los campos, y los herreros que trabajaban en sus rojos infiernos. en la medianoche? ¿Y el aroma de los jamones y tocinos preparados para el viaje, y la pesadez de las carretas como barcos repletos de víveres, con agua en los barriles para volcar y derramar en las praderas, y las histéricas gallinas en los canastos, y los perros que corrían adelantándose por el desierto y que volvían asustados con la imagen del espacio vacío en los ojos? ¿Es ahora como antes? A orillas del precipicio, en los bordes del acantilado de estrellas. Antes el olor del búfalo, y ahora el olor del cohete. ¿Es ahora como antes?

Y Janice decidió, mientras el sueño la invadía con sus propias visiones, que sí, de veras, sí irrevocablemente, así había sido siempre y así seguiría siendo.

FIN

El desierto
[Cuento - Texto completo.]
Rayh Bradbury
ciudadseva.com

3.12.16

LOS TRENES MATAN A LOS AUTOS


Llegó un momento en que la lucha entre los trenes y los autos tomó ribetes desesperados. Todos se creyeron, un poco ingenuamente, que aquel tímido Citroen, aplastado sin piedad por el Expreso del Norte en las postrimerías de marzo, había sido tan sólo un accidente. Un lamentable accidente como lo había catalogado la prensa. Pero ya en junio, la víctima fue un ampuloso Dodge Polara que, destrozado, despedazado e inútil cayó al costado de la vía del Trueno de Plata. Hubo quienes, incluso, ignorantes de la realidad o simplemente poco advertidos, celebraron el sacrificio del Dodge, contentos ante la oscura suerte de coche tan orgulloso y pedante.
Pero lo que desencadenó todo, lo que despertó violentamente el rechazo popular y los ataques virulentos de la prensa fue el suceso de Recalada. Un pequeño e indefenso "ratón alemán" fue vandálicamente atropellado y reducido a chatarra por el fatídico Expreso del Norte.
El hecho fue repudiado, hasta incluso, por el Gremio de Guardabarreras y Obreros del Riel en una extensa solicitada. La clara posición de dicho gremio,
tradicionalmente férreo defensor de todo cuanto significara ferrocarriles desconcertó a la prensa especializada, a la sazón abocada a la investigación de los motivos ocultos que impulsaban a esa sanguinaria campaña destructiva.
Los automotores, en tanto, optando por un papel de víctimas procuraron ampararse en la legalidad. Reclamaron a viva voz severos controles de seguridad en todos los pasos a nivel. Alarmas electrónicas y veedores oficiales nombrados por el gobierno. 
Los ferrocarriles aceptaron esto, contraatacando públicamente con avisos y solicitadas donde desestimaban todo tipo de acusaciones, aducían los lamentables sucesos a una funesta racha de accidentes y reivindicaban al Expreso del Norte, ratificándole la confianza de la empresa. No obstante, ante las apelaciones de los automotores, accedieron a que el Expreso del Norte fuese revisado exhaustivamente por un equipo de expertos para sondear algún posible desequilibrio. Agosto pasó en una tensa calma, tan sólo alterada por una pequeña manifestación de automotores
utilitarios que colocaron en Recalada una placa recordatoria del alevoso crimen del "ratón alemán".
Todo estalló finalmente, en setiembre. Un camión que transportaba coches recién salidos de la fábrica Peugeot fue sorprendido en la noche, triturado y vejado por El Serrano, tren de velocidad y potencia sorprendentes. Aquello desató el escándalo. Veinte coches de corta edad, impecables, fueron destruidos, reventados y despedidos en todas direcciones. En la horrible noche se oyeron claramente los espantosos crujidos de los chasis, las explosiones agónicas de las bombas de aceite, los reventones convulsivos de los neumáticos, el alarido doloroso de las bocinas. En cientos de kilómetros a la redonda se encontraron segmentos de caños de escape, volantes fracturados, motores con la tapa de cilindros levantada. Testigos presenciales aseguraron que El Serrano venía con todas las luces apagadas, sin pitar, bajas las ventanillas de los vagones. Hubo quien afirmó haberlo visto en las proximidades de Torrecillas, quieto y silencioso, en la oscuridad, como esperando.
Un minucioso informe de la Cámara de Automotores presentado con urgencia ante las autoridades consignaba que El Serrano ya había purgado 10 años antes una severa sanción por atropellar una motocicleta con sidecar, siendo destinado a rodar por las frías llanuras sureñas. Toda la prensa sin excepción exigió un ejemplar castigo y una profunda investigación para determinar las causas de esa guerra ahora ya desembozada. Tan sólo el periódico de los ferrocarriles "La Vía Muerta" defendió tenazmente al Serrano, atribuyéndole condiciones vindicatorias. Los ferrocarriles desautorizaron a "La Vía Muerta", dejando clara constancia de que dicho periódico no era un órgano oficial de la empresa.
Pero indudablemente las cartas estaban echadas y el juego era bien claro. En octubre, un camión naftero solidarizándose con los automóviles atropelló e hizo saltar de los rieles al "Flecha de Oro". Veinticinco vagones rodaron por el terraplén en un pandemónium de chirridos, crujidos y estallidos de cristales, la guerra era un hecho. "La Vía Muerta", con el título "¡Despertad, locomotoras!" lanzó una abierta proclama de lucha y venganza.
Hace dos semanas, un pequeño y ágil Fiat 600, cayendo por una toma de aire, produjo la más espantosa catástrofe en la historia de los trenes subterráneos. La actitud a todas luces suicida del 600 dio una pauta clara sobre la siniestra
determinación de los bandos en pugna. Ayer una noticia conmovió los medios periodísticos mundiales. En el Atlántico, cerca de las Islas Canarias, un inmenso Boeing 704 se abatió como un tornado sobre un buque carguero holandés que transportaba locomotoras hacia Trinidad Tobago. Hoy, el cielo amaneció negro de aviones y en las carreteras, a través del smog, millones de autos corrían hacia la ciudad. A esta hora, golpean despiadados contra las bases de los edificios más elevados. 


Roberto Fontanarrosa

26.11.16

EL EXTRAÑO CASO DE LADY ELWOOD


El inspector Havilland detuvo su Austin al costado del camino que conducía a Middleford y quedó pen­sativo. No había dicho a nadie dónde pasaría sus quince días de vacaciones y la idea de retomar el ca­mino hacia Londres se le instaló sólidamente en la cabeza.
Él tan sólo había prometido comunicarse cada tres días con Scotland Yard, en prevención de algún suceso inesperado, como el retorno del Destripador de Yorkshire, un ataque nuclear soviético o la fuga de un oso del zoológico. Esa franquicia de manejar a su gusto el contacto con sus superiores tan sólo se le concedía a hombres como Emerald L. Havilland, el más eficaz sabueso de las fuerzas de seguridad británicas. "El Detective Invicto" como bien lo había llamado la prensa tras su espectacular esclarecimiento del caso del robo del pony predilecto del Príncipe Andrew.

En tanto viraba lentamente el volante, una sonrisa, apretada en torno al cigarro que sostenían sus labios, ensanchó el rostro adusto del inspector: recordaba claramente la densa, profunda, prometedora mirada que le había dispensado Lady Elwood desde lo alto de su palco, días atrás, durante el concierto que brindó la Royal Philarmonic Orchestra.

Una hora después, el inspector Havilland, prote­giendo su boca y su nariz bajo el abrigo de la bufanda con los colores del Tottenham Hotspur, golpeaba suavemente con su puño enguantado a las puertas de la mansión de Lady Elwood, la riquísima viuda de sir Lewis Norton.

Tras unos minutos de espera Havilland repitió el llamado. Finalmente, con la curiosidad propia de la profesión, giró el picaporte comprobando que la pesada puerta estaba abierta. Antes de entrar observó hacia la calle. Nadie lo había visto. El viento y la lluvia eran dos azotes flagelando Newcastle Street.

Recorrió un par de salones desiertos y luego co­menzó a subir una ancha escalera de madera. En una de las habitaciones superiores halló a Lady Elwood. Estaba sobre la alfombra, caída al lado de su cama en posición poco ortodoxa y presentaba dos heridas profundas en la espalda.

Havilland husmeó el aire y luego tomó la medida que separaba la cómoda de la perilla de la luz. Fue hasta el cenicero y recogió dentro de un sobre las co­lillas de cigarrillos. Se paró en medio de la habita­ción, cruzado de brazos y mirando hacia los cerra­dos ventanales. Meneó la cabeza y silbó suave.

—Paul —musitó—. Finalmente lo hizo.

Recordaba el rostro joven e ingenuo de Paul Elwood, sobrino de la viuda, y las habladurías que de él y su tía se contaban en ciertos cenáculos.

—No debe haber abandonado el país aún —dedu­jo Havilland—. Tomará el ferry hacia Francia.

Anotó en una pequeña libreta la medida entre la cama y el ropero y constató que la puerta de éste estaba entornada. La abrió. Allí dentro, prácti­camente sentado sobre el piso de madera, algo oculto por la profusión de tapados y pieles, se hallaba el cadáver de Paul Carpentier, estrangulado por una corbata de seda italiana azul, con diminutos puntos rojos.

Havilland se pellizcó los labios y cerró el ropero. Miró su libreta de apuntes y golpeteó con la base de su lapicera sobre la tapa de la libreta.

—Mannix —silabeó—. Gus Mannix.

No escapaban a su memoria proverbial los rasgos acentuados de Gus Mannix, profesor de piano de Paul, a quien algunas revistas proclives al escándalo sindicaban como antiguo enamorado de Lady Elwood.

—Los celos —musitó Havilland— son malos con­sejeros.

Se encaminó hacia el baño. Allí podría detectar huellas dactilares del impetuoso profesor Mannix.

Havilland no pudo disimular un rictus de contra­riedad cuando, junto a la bañera, semitapado por la cortina plástica encontró el cuerpo del eximio pia­nista. Entre ceja y ceja, algo más arriba de la conge­lada expresión de asombro que dibujaban sus ojos, mostraba el orificio pequeño pero nítido de una bala calibre 22.

El inspector aspiró hondo y tomó la medida entre el lavabo y el grifo de agua caliente.

—Estoy ante la obra de un loco —dictaminó—, Jerry Fergusson.

Nunca había podido olvidar la mirada extraviada del jardinero mientras le explicaba su extraña teoría sobre la doble personalidad de las azaleas y la influen­cia que ejercían las monocotiledóneas sobre las de­cisiones del Vaticano. Tampoco nunca había olvi­dado que Jerry Fergusson le había confiado que atendía los jardines de Lady Elwood.

—Sé muy bien dónde estará oculto —se dijo. Sor­teando el cadáver de la acaudalada viuda, se dirigió al teléfono. No tenía tono. Observó que se hallaba desconectado. Agachándose tras el cable atisbó bajo la cama.

Allí, con la cabeza destrozada por un atizador de la estufa de leños, vio a Jerry Fergusson, el jardi­nero. Havilland se frotó suavemente las yemas de los dedos. Frunció los labios y aprobó un par de veces enérgicamente con su cabeza. Colocó nuevamente el auricular del teléfono en su horquilla. Luego retornó las colillas que había sacado, a sus ceniceros. Cortó la hoja con anotacio­nes de su libreta y la arrojó al inodoro, accionando luego el turbión de agua.

Se arrebujó entonces en su bufanda, bajó el ala de su sombrero, salió de la casa cerrando con cuidado la puerta y subiendo al Austin retomó el camino hacia Middleford.


“El extraño caso de Lady Elwood”, de Roberto Fontanarrosa
en El mundo ha vivido equivocado y otros cuentos, 1982
DEL BLOG: descontexto.blogspot.com

17.11.16

EPISODIO DEL JUICIO FINAL



A Charles Wiest
- Entonces fueron juzgados aquellos que habían recibido el don de la inteligencia y aquellos que habían fingido inteligencia.

Mientras los invocadores de satán caían como balas de plomo en el pantano excremental de su propia credulidad, avanzaron bajo la guardia de los ángeles indiferentes, los favoritos de la Palabra.

Y entre ellos caminaba un humilde.

Todos fueron juzgados según sus obras, y sus obras eran tan malvadas que cada demonio recibió su chivo.

«Y tú, humilde, preguntó nuestro señor Jesucristo, ¿qué me traes?».

«¡Nada, señor, por desgracia! no he obrado, no he escrito; encerrado en un sueño de amor, he rezado. ¡Oh, señor, que no se me juzgue según mi vacío, sino según vuestra misericordia! Me disteis la inteligencia, el Verbo murmuraba en mí, mas yo no hice prosperar mi inteligencia y cerré mis oídos a los murmullos sagrados del Verbo eterno. El campo de vuestra gloria se ha mantenido estéril bajo mi arado inerte; tenía por misión evocar sobre la tierra desnuda el esplendor de las cosechas y la gracia de las hierbas: el esplendor y la gracia quedaron sepultadas en el suelo que se confió a mi ingenio; y mientras que los bueyes dormían, tumbados bajo el yugo inútil, picados por las moscas al calor del día, y mientras que el sol iluminaba la gleba y le entregaba la esencia de la fertilidad −¡ay, señor, qué me puede decir!−, yo rezaba, retirándome a la sombra, de rodillas, con los ojos cerrados y las manos unidas».

«Ven, respondió nuestro señor, ven, único cordero que se me asemeja, criatura de mi amor, hijo de aquélla que me hizo hombre, amigo de mi padre, cordero e inocente como yo, ven, soy yo tu hermano y Dios besa tu frente.

»Tú comprendiste, por la pureza de tu alma, lo que yo pedía a tu ingenio, la vanidad de la obra y la maldad del trabajo. Dejando a los tristes la aspereza de los sudores bajo el sol, supiste alcanzar la sombra divina que soy y regocijarte bajo mis hojas, cordero ávido del frescor prodigado por el árbol de la vida.

»Recibiste la inteligencia, hombre, multiplicaste el don primero; te di un cerebro y tú de él hiciste tres: uno sobre los hombros y otro en cada rodilla.

»Tú rezabas, amigo; era la obra que te entregué por derecho.

»¡Ah, poeta verdadero y certero que no fue, como otros, la alcahueta del ideal, que no hizo la calle en la irrealidad, que no fue la puta del símbolo; así, conservaste tu ingenio puro de toda conmixtión, y los estúpidos no bebieron de tu cántaro!

»Fuente sellada, el agua que dormía en ti se ha congelado según el cristal de las Doce Piedras y tú sellarás definitivamente, al lado de la Piedra Angular, la puerta de la eterna Jerusalén que a partir de ahora quedará cerrada.

»Y todo ello porque has comprendido que el ingenio no debe trabajar más que para Dios, para Dios únicamente.

»Y hete aquí, inocente de la fornicación del espíritu,

»hete aquí cargado de más obras maestras y de más mundos de los que mi amor había concebido.

»Entra y sé la dicha de los Inconsolables: la oración ha matado el orgullo».


Un episodio del juicio final”, de Remy de Gourmont
en Relatos sombríos. Historias mágicas, 2009
Originalmente en Proses moroses. Histoires magiques, 1894
del blog: descontexto.blogspot.com

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