16.6.17

HABITACIÓN 28


Alex K, de Bristol, Inglaterra, se había relacionado, a sus dieciocho años, con más drogas que mujeres. Yo no sumaría ninguna de las dos listas, sólo sería observadora de cómo se engrosaban ambas, sin que él hiciese un miserable esfuerzo.

Él fue el primer ser humano al que vi esnifar cocaína, y el único hombre que, hasta hoy, me ha preguntado si tengo condones para usarlos con otra. Puedo decir, tranquilamente, que fuimos como hermanos ese par de días que nuestros caminos se cruzaron.

Alex se encuentra en Brasil, y en un par de horas sospecho que volverá al Reino Unido. Desde que nos separamos ha estado en Bolivia, Chile, Argentina, Perú y Paraguay. Rara vez me acuerdo de él, ahora que han pasado meses, y él no debe recordar jamás a la chica que tuvo que acompañar por las nocturnas calles de Oruro cuando la verbena ensordecía la ciudad. Pero la verdad es que Alex se transformó en algo así como un cupido drogo, un querubín mandibuloso, en esa graffitada habitación de un hostel de La Paz. Claro, después de la ringlera de insultos que recibió de mi parte.

La noche anterior había sido un desenfreno de despedidas y buenos deseos. La mañana un desenfreno de bombazos y risotadas. Alex no tenía apuro, se quedaría un par de días más en La Paz (todos estábamos desesperados por irnos, tras el carnaval y los feriados absolutos y chiclosos) y luego iría, tal vez a Cochabamba, tal vez a Rurrenabaque, tal vez a Asia Central.

Yo, como siempre, estaba apurada, quería salir pronto de ahí, seguir mi camino y no detenerme más. Pero antes quería enviar una carta y hacer fotos de la pseudocapital. Mi mochila, un gigante rojo, era un impedimento, por lo que Alex se ofreció a cuidármela en su habitación, mientras yo recorría las calles adoquinadas, descendentes y serpenteantes. Desayunamos en un puesto del mercado y acordamos juntarnos a la una afuera de la catedral de la Plaza Murillo.

Nunca ocurriría.

Por diferentes motivos, ninguno estuvo ahí a la hora indicada. Sólo llegamos a vernos otra vez, a las ocho de la noche. Yo había pasado –infiltrada– horas en la cocina del hostal, conversando con cuanto hospedante pasara por allí (diecisiete, en total), tomando agua caliente con azúcar y aceptando cualquier sobra de comida que ofrecieran.

Una vez que, desde la cocina, escuché cómo comenzaba a llover, decidí no esperar más. Recordé a Martín, un argentino cocainómano amigo de Alex, que se hospedaba en la habitación 14. Me deslicé por los pasillos, pegada a las paredes, y lo encontré al instante. Le pregunté por Alex (algo que había hecho durante las últimas cinco horas sin resultados positivos) y me mencionó con una seguridad deliciosa y unos ojos brillosos que “el chabón estaba en la 28”. Hasta ese minuto yo creía que sólo existían veinte habitaciones…

La busqué, vi la puerta entreabierta y entonces todo se transformó en un fotograma. Empujé suavemente la puerta, viendo de inmediato a un hombre de espaldas y frente a él el rostro de Alex que se trasformó en una mueca asombrada e incrédula ante mi aparición. Luego, sólo gesticulaciones nerviosas, perdones, insultos, disculpas, retos…, todo en un intachable inglés nativo y en uno impolutamente aprendido. El tipo que hasta ese minuto hablaba con Alex, ahora puesto a un lado, nos miraba concentrado fumando un cigarrillo. Alex, deshecho en explicaciones, intentaba hacerme aceptar un taxi pagado por él para que a esa hora tomara el bus en el que saldría de La Paz. Yo, sospechando algo grande en mi futuro, y segura de la estupidez de irme a las ocho de la noche a tomar un bus que partía a las tres de la tarde, rechacé su propuesta, aceptando, sin embargo, quedarme esa noche en esa habitación, auspiciada por sus euros preciosos.

Alex partió a buscar mi mochila y al volver ya nada era lo mismo entre el desconocido y yo. El putito mecanismo de tuercas y tubos había comenzado otra vez, inconsciente, a funcionar bilateralmente. Esa noche se traduciría en sospechas, esperanzas, celos, canciones, cigarros y equivocaciones, en recomendaciones musicales y literarias, y en ocultos deseos y sonrisas equívocas, que hoy, noventa y seis días después, sólo traerían angustia a dos vidas tontas.

Alex deambula por Brasil, lo he dicho.

Cuando vino a mi ciudad e intentó contactarme para ser alojado (un trato que habíamos explicitado previamente) yo me encontraba perdida, por su indirecta culpa, en una ciudad lejana y fría.

Alex nunca sabrá lo provocado, no podrá aceptar entonces que fue él quien desató las furiosas fuerzas sadomasoquistas de dos sudamericanos insensatos. No será el padrino de los hijos que no nacieron. No será el juez de una unión no concretada. No volverá a estas lejanas tierras sino hasta dentro de decenas de años, cuando todos los que lo conocimos sólo seamos empleados públicos jubilados y temblorosos.

Volverá convertido en maleta.
En su interior, kilos de droga implicarán el mayor contrabando
registrado en nuestro continente.
Lo sabremos por las noticias.
El tipo que estaba de espaldas y yo veremos boquiabiertos
desde nuestros respectivos países,
la captura y ejecución.
Ocurrirá en plena dictadura.

Nunca volví a saber de Alex ni del tipo de espaldas. Morí de un ataque al corazón, mientras discutía por mi mochila en la habitación 28 –la única graffitada- de cierto hostal de La Paz, rodeada de un flash de paredes escritas. Mi equipaje llegará a casa antes que yo.

Lo abrirán.

Encontrarán miles de pelotitas de poliespan en su interior, virutas de madera y aserrín de nueces.

Nadie llorará mi muerte.

No he nacido aún, Alex es efectivamente un ángel, está sentado junto a mí en una cama de la habitación 28 en éste, el infierno de los nonatos.


Ni él ni yo creemos en ningún dios.



"Habitación 28", de Ashle Ozuljevic
en Anteojos de sal, La Serena, 2013
por Villavicencio - blog - DESCONTEXTO

31.5.17

ESTRELLA DISTANTE


Entre los hombres no hizo amigos. A Bibiano y a mí, cuando nos veía, nos saludaba correctamente pero sin exteriorizar el menor signo de familiaridad, pese a que nos veíamos, entre el taller de Stein y el taller de Soto, unas ocho o nueve horas a la semana. Los hombres no parecían importarle en lo más mínimo. Vivía solo, en su casa había algo extraño (según Bibiano), carecía del orgullo pueril que los demás poetas solían tener por su propia obra, era amigo no sólo de las muchachas más hermosas de mi época (las hermanas Garmendia) sino que también había conquistado a las dos mujeres del taller de Diego Soto, en una palabra era el blanco de la envidia de Bibiano O'Ryan y de la mía propia, Y nadie lo conocía.

Juan Stein y Diego Soto, que para mí y para Bibiano eran las personas más inteligentes de Concepción, no se dieron cuenta de nada. Las hermanas Garmendia tampoco, al contrario, en dos ocasiones Angélica alabó delante de mí las virtudes de Ruiz-Tagle: serio, formal, de mente ordenada, con una gran capacidad de escuchar a los demás. Bibiano y yo lo odiábamos, pero tampoco nos dimos cuenta de nada. Sólo la Gorda Posadas captó algo de lo que en realidad se movía detrás de Ruiz-Tagle. Recuerdo la noche en que hablamos. Habíamos ido al cine y tras la película nos metimos en un restaurant del centro. Bibiano llevaba una carpeta con textos de la gente del taller de Stein y del taller de Soto para su undécima breve antología de jóvenes poetas de Concepción que ningún periódico publicaría. La Gorda Posadas y yo nos dedicamos a curiosear entre los papeles. ¿A quiénes vas a antologar?, pregunté sabiendo que yo era uno de los seleccionados. (En caso contrario mi amistad con Bibiano se hubiera roto probablemente al día siguiente.) A ti, dijo Bibiano, a Martita (la Gorda), a Verónica y Angélica, por supuesto, a Carmen, luego nombró a dos poetas, uno del taller de Stein y el otro del taller de Soto, y finalmente dijo el nombre de Ruiz-Tagle. Recuerdo que la Gorda se quedó callada un momento mientras sus dedos (permanentemente manchados de tinta y con las uñas más bien sucias, cosa que parecía extraña en una estudiante de medicina, si bien la Gorda cuando hablaba de su carrera lo hacía en términos tan lánguidos que a uno no le quedaban dudas de que jamás obtendría el diploma) escudriñaban entre los papeles hasta dar con las tres cuartillas de Ruiz-Tagle. No lo incluyas, dijo de pronto. ¿A Ruiz-Tagle?, pregunté yo sin creer lo que oía pues la Gorda era una devota admiradora suya. Bibiano, por el contrario, no dijo nada. Los tres poemas eran cortos, ninguno pasaba de los diez versos: uno hablaba de un paisaje, describía un paisaje, árboles, un camino de tierra, una casa alejada del camino, cercados de madera, colinas, nubes; según Bibiano era «muy japonés»; en mi opinión era como si lo hubiera escrito Jorge Teillier después de sufrir una conmoción cerebral. El segundo poema hablaba del aire (se llamaba Aire) que se colaba por las junturas de una casa de piedra. (En éste era como si Teillier se hubiera quedado afásico y persistiera en su empeño literario, lo que no hubiera debido extrañarme pues ya entonces, en el 73, la mitad por lo menos de los hijos putativos de Teillier se habían quedado afásicos y persistían.) El último lo he olvidado completamente. Sólo recuerdo que en algún momento aparecía sin que viniera a cuento (o eso me pareció a mí) un cuchillo. ¿Por qué crees que no lo debo incluir?, preguntó Bibiano con un brazo extendido sobre la mesa y la cabeza apoyada en éste, como si el brazo fuera la almohada y la mesa la cama de su dormitorio. Creí que eran ustedes amigos, dije yo. Y lo somos, dijo la Gorda, pero igual yo no lo metería. ¿Por qué?, dijo Bibiano. La Gorda se encogió de hombros. Es como si no fueran poemas suyos, dijo después. Suyos de verdad, no sé si me explico. Explícate, dijo Bibiano. La Gorda me miró a los ojos (yo estaba frente a ella y Bibiano, a su lado, parecía dormido) y dijo: Alberto es un buen poeta, pero aún no ha explotado. ¿Quieres decir que es virgen?, dijo Bibiano, pero ni la Gorda ni yo le hicimos caso. ¿Tú has leído otras cosas de él?, quise saber yo. ¿Qué escribe, cómo escribe? La Gorda se sonrió para sus adentros, como si ella misma no creyera lo que a continuación iba a decirnos. Alberto, dijo, va a revolucionar la poesía chilena. ¿Pero tú has leído algo o estás hablando de una intuición que tienes? La Gorda hizo un sonido con la nariz y se quedó callada. El otro día, dijo de pronto, fui a su casa. No dijimos nada pero vi que Bibiano, recostado sobre la mesa, se sonreía y la miraba con ternura. No era esperada, por supuesto, aclaró la Gorda. Ya sé lo que quieres decir, dijo Bibiano. Alberto se sinceró conmigo, dijo la Gorda. No me imagino a Ruiz-Tagle sincerándose con nadie, dijo Bibiano. Todo el mundo cree que está enamorado de la Verónica Garmendia, dijo la Gorda, pero no es verdad. ¿Te lo dijo él?, preguntó Bibiano. La Gorda se sonrió como si estuviera en posesión de un gran secreto. No me gusta esta mujer, recuerdo que pensé entonces. Tendrá talento, será inteligente, es una compañera, pero no me gusta. No, no me lo dijo él, dijo la Gorda, aunque él me cuenta cosas que a otros no les cuenta. Querrás decir a otras, dijo Bibiano. Eso, a las otras, dijo la Gorda. ¿Y qué cosas te cuenta? La Gorda pensó durante un rato antes de responder. De la nueva poesía, pues, de qué otra cosa. ¿La que él piensa escribir?, dijo Bibiano con escepticismo. La que él va a hacer, dijo la Gorda. ¿Y saben por qué estoy tan segura? Por su voluntad. Durante un momento esperó que le preguntáramos algo más. Tiene una voluntad de hierro, añadió, ustedes no lo conocen. Era tarde. Bibiano miró a la Gorda y se levantó para pagar. ¿Si tienes tanta fe en él por qué no quieres que Bibiano lo meta en su antología?, pregunté. Nos pusimos las bufandas en el cuello (nunca he vuelto a usar bufandas tan largas como entonces) y salimos al frío de la calle. Porque no son sus poemas, dijo la Gorda. ¿Y tú cómo lo sabes?, pregunté exasperado. Porque conozco a las personas, dijo la Gorda con voz triste y mirando la calle vacía.


"Estrella distante", 
de Roberto Bolaño
Fragmento -  1996
Por Villavicencio
blog: DESCONTEXTO

26.5.17

EL CUENTO DE LA CRIADA


Una figura roja con el rostro enmarcado por una toca blanca, una figura como la mía, una mujer anodina, con un cesto, que camina en dirección a mí por la acera de ladrillos rojos. Se detiene a mi lado y nos miramos la cara a través del túnel blanco que nos sirve de marco. Es la que esperaba.

        —Bendito sea el fruto —me dice, pronunciando el saludo aceptado en-tre nosotras.
         —El Señor permita que madure —recito la respuesta aceptada.

         Nos volvemos y pasamos junto a las casas, en dirección al centro de la ciudad. No se nos permite ir hasta allí, excepto de a dos. Se supone que es para protegernos, aunque es una idea absurda: ya estamos bien protegidas. La realidad es que ella es mi espía, y yo la suya. Si alguna de las dos comete un desliz durante uno de nuestros paseos diarios, la otra carga con la responsabilidad.

         Esta mujer es mi acompañante desde hace dos semanas. No sé qué pasó con la anterior. Un día sencillamente no apareció, y ésta estaba en su lugar. No se hacen preguntas sobre este tipo de cosas, porque las respuestas suelen ser desagradables. De todos modos, tampoco habría respuesta.

         Ésta es un poco más regordeta que yo. Tiene ojos pardos. Se llama Deglen, y ésas son las dos o tres cosas que sé de ella. Camina recatadamente, con la cabeza baja, las manos de guantes rojos cruzadas delante, y con pasitos cortos, como los que daría un cerdo entrenado para caminar sobre las patas traseras. Durante las caminatas jamás ha dicho nada que no sea estrictamente ortodoxo» así que yo tampoco. Debe de ser una auténtica creyente, en su caso lo de Criada debe de ser algo más que un nombre. Así que no puedo correr el riesgo.

          —He oído decir que la guerra va bien —comenta.
          —Alabado sea —respondo.
          —Nos ha tocado buen tiempo.
          —Lo cual me llena de gozo.
          —Desde ayer, han derrotado a más grupos de rebeldes.
          —Alabado sea —digo. No le pregunto cómo lo sabe—. ¿Qué eran?
         —Baptistas. Tenían una fortaleza en los Montes Azules. Pero los obli-garon a desalojarla con bombas de humo.
          —Alabado sea.

         A veces me gustaría que se callara y me dejara pasear en paz. Pero estoy hambrienta de noti-cias, cualquier tipo de noticias; aunque fueran falsas, igual significarían algo.

         Llegamos a la primera barrera, que es como las que usan para blo-quear el paso cuando hacen obras, o para levantar las alcantarillas: una cruz de madera pintada con rayas amarillas y negras y un hexágono rojo que significa Alto. Cerca de la puerta hay algunos faroles que están apagados porque aún no ha oscurecido. Sé que por encima de nuestras cabezas hay focos sujetos a los postes de teléfono, y que se usan en casos de emergencia; y que en los fortines, a ambos lados de la carretera, hay hombres apostados con ametralladoras. La toca que me rodea la cara me impide ver los focos y los fortines. Pero sé que están.

      Detrás de la barrera, junto a la estrecha entrada, nos esperan dos hombres vestidos con el uniforme verde de los Guardianes de la Fe, con penachos en las hombreras y la boina que luce dos espadas cruzadas encima de un triángulo blanco. Los Guardianes no son soldados auténticos. Les asignan tareas de vigilancia y otras funciones de lacayos, como cavar la tierra en el jardín de la Esposa del Comandante, y son tipos estúpidos o mayores o inválidos o muy jóvenes; y además están los Espías de incógnito.

      Estos dos son muy jóvenes: uno de ellos aún tiene el bigote ralo y el otro la cara roja. Su juventud resulta conmovedora, pero sé que no debo engañarme. Los jóvenes suelen ser los más peligrosos, los más fanáticos y los que más se alteran cuando tienen un arma en las manos. Aún no poseen experiencia. Hay que tener mucho tacto con ellos.

         La semana pasada, aquí mismo, le dispararon a una mujer. Era una Martha. Estaba hurgando en su traje, buscando el pase, y ellos creyeron que iba a sacar una bomba. La tomaron por un hombre disfrazado. Ha habido varios incidentes de este tipo.

         Rita y Cora conocían a esa mujer. Las oí hablar de ella en la cocina.

         Cumplieron con su obligación, dijo Cora. Velar por nuestra seguridad.

         No hay nada más seguro que la muerte, dijo Rita en tono airado. Ella no se metía con nadie. No había razón para dispararle.

         Fue un accidente, replicó Cora.

      Nada de eso, protestó Rita. Todo esto es desagradable. Yo la oía re-mover las cacerolas en el fregadero.

         Bueno, de todas maneras se lo pensarían dos veces antes de hacer vo-lar esta casa, afirmó Cora.

         Da igual, respondió Rita. Ella era muy trabajadora. No se merecía mo-rir así.

         Hay muertes peores, comentó Cora. Al menos ésta fue rápida.

       Tú puedes decirlo, concluyó Rita. Yo preferiría tener un poco de tiem-po. Para arreglar las cosas.


El cuento de la criada", de Margaret Atwood
Fragmento del Capítulo III - 1985
del blog: descontexto.blogspot.com/

12.4.17

EL SANTO DE LOS SANTOS


Hace mucho que la palabra “bureau” [“oficina”] ya no hace pensar en la bure, esa tela gruesa de lana marrón con la que a veces se hacían tapetes para mesa, pero que sobre todo servía para confeccionar hábitos de monje, y que continúa evocando, al menos tanto como las camisas ásperas y el cilicio, la vida rugosa y rigurosa de los trapenses o de los anacoretas. Por metonimias sucesivas, hemos pasado del tapete de mesa en cuestión a la mesa misma donde se escribe; luego, de la mencionada mesa a la habitación en la cual esta estaba instalada; después, al conjunto de muebles que constituyen esa habitación, y, finalmente, a las actividades que allí tienen lugar, a los poderes relacionados con ella; vale decir, incluso, a los servicios que allí se brindan; así, explorando las diversas acepciones del término [en francés], podemos hablar de “bureau de tabacs” [kiosco de cigarrillos], de un “bureau de poste” [“oficina de correo”], del Deuxiéme Bureau [“Oficina de Inteligencia Militar”], del “Bureau de longitudes” [“Oficina de navegación náutica, estandarización del tiempo, geodesia y observación astronómica”], de un teatro “á bureaux fermés” [“con las localidades agotadas”], de un “bureau de vote” [“mesa electoral”], del Politburó [del ruso Politbyuro, apócope de Politicheskoe Byuro: “Oficina Política”], o, muy simplemente, de las “bureaux” [“oficinas”], esos lugares vagos, atestados de expedientes mal atados, de sellos, de clips, de lápices chupados, de gomas que ya no borran, de sobres amarillentos o de empleados generalmente hoscos que lo mandan a uno “de oficina en oficina”, haciendo que se llenen formularios, que se firmen registros y que se espere el turno.

Evidentemente, no son esas oficinas anónimas en las que se amontonan cagatintas y empleaduchos de las que se habla acá, sino de esos símbolos de poder, de omnipotencia incluso, que son las oficinas de la dirección, las de los grandes de este mundo, ya se trate de directores generales de multinacionales, magnates de las finanzas, de la publicidad o del cine, potentados, nababs o jefes de Estado. En síntesis, el Santo de los Santos, el lugar inaccesible al común de los mortales, donde los que en mayor o menor medida nos gobiernan se sientan detrás de la triple muralla de su secretaria particular, de su puerta acolchada y de su alfombra de pura lana.

Para asumir las abrumadoras responsabilidades que le incumben, el grande de este mundo no tiene realmente necesidad de mucho más que silencio, calma y discreción. Espacio, tal vez, para poder dar cien pasos meditando profundamente. Un interfono, claro, para pedirle a su secretaria que llame a Fulano, que anule a Mengano, que le recuerde su almuerzo con Zutano y su Concorde de las 17 horas, que le traiga Alka Seltzer y que haga venir a Berger. Además, dos o tres sillones para las reuniones cumbre. Pero nada que haga pensar en las duras realidades de la Administración o en los espesos meandros de la Burocracia: ni máquina de escribir, ni ficheros colgantes, abrochadoras, envases de cola o mangas de lustrina (las cuales, dicho sea de paso, ya no deben ser muy comunes en nuestros días). Porque aquí solo se trata de pensar, de concebir, de decidir, de negociar, y eso nada tiene que ver con todas las tareas subalternas que los fieles trabajadores a destajo ejecutarán escrupulosamente en los pisos inferiores.

Será entonces perfectamente lícito imaginar oficinas casi vacías para esos personajes de alto nivel, y tanto más fácilmente cuando los progresos fulminantes de esa ciencia aún balbuciente a la que se bautizó con el horrible nombre de “burótica” permiten ya mismo concebir oficinas sin oficinas en las que todo -o casi todo- podría tratarse por medio de un teléfono y de una terminal de computadora conectados en cualquier parte, en un cuarto de baño, en un yate o en una cabaña de trampero en algún lugar de Alaska.

Con todo, las oficinas de los directores generales y de otros responsables raramente están vacías. Pero aunque los muebles, aparatos, instrumentos y accesorios que contienen no siempre tengan mucho que ver con las funciones que allí se llevan a cabo, obedecen no obstante a una necesidad profunda: la de encarnar, la de representar al Hombre que vive en ellos y que los ha elegido como las marcas mismas de su estado, de su prestigio y de su poder. Antes que ser oficinas, son signos, emblemas, improntas por medio de los que esta Very Important People pretende darles a entender eficazmente a sus interlocutores (y, accesoriamente, a sus colaboradores) que ellos son Very Important People y, como tales, únicos, irremplazables y ejemplares.

A partir de ahí, son posibles innumerables variaciones: entre lo rigurosamente clásico y lo sensatamente moderno, lo estricto y lo superfluo, lo monacal y lo propio del gran señor, el padre de familia y la locomotora, el ojo avisor y el paradigma inglés de la elegancia, el hijo de papá y el trepador, el tipo todo almidonado y el que alguna vez dice haber sido hippy, se podría comenzar a esbozar toda una tipología de las inteligencias superiores (o de las que se consideran como tales) con la sola observación de sus oficinas: ahí donde uno ponga de manifiesto su respeto por los valores milenarios eligiendo un escritorio de marquetería y una biblioteca con vitrinas atestadas de libros encuadernados, otro se las dará de genio entusiasta, tipo Einstein, y llenará su espacio de punching-balls, de historietas, de naipes y de tortugas enanas; un tercero demostrará su sentido de la audacia confiándole el acondicionamiento de su territorio a un diseñador italiano ferviente partidario de los pedestales de basalto, de lava y de acero anodinado; un cuarto dará a entender que su CI es sensiblemente más elevado que la media, dejando caer negligentemente algunas tesis sobre ergódica (1) o plagiología (2); un quinto insinuará que bien podría ser que él fuera un mecenas al colgar en un buen lugar una tela de Max Ernst, salvo que ponga en evidencia las medallas y títulos obtenidos por su firma, el retrato del abuelo fundador de la empresa o la barracuda de 71 libras que trajo en 1976 desde Santo Domingo.

Hay oficinas severas y oficinas bonachonas, oficinas laboratorio donde la “encimera” es una inmensa superficie de metal gris adornada con algunos botones que permiten que aparezcan, como por arte de magia, chucherías dignas de James Bond; oficinas coquetas, oficinas señoriales; oficinas piadosamente viejas, símil retro, falsamente rococó; oficinas cargadas de años, oficinas imponentes, oficinas acogedoras, oficinas súper frías...

Pero ya sea que privilegien el orden o el desorden, lo útil o lo fútil, lo grandioso o lo fácil de llevar, todas son para los grandes de ese mundo el espacio mismo de su poder: es de esas oficinas de acero, de vidrio o de maderas raras, desde donde los directores generales lanzarán sus OPA (3) decisivas, desde donde los reyes del gruyère partirán al asalto de los magnates de los bolígrafos, desde donde los barones belgas se comerán crudos a los cerveceros bávaros, desde donde CBS comprará NBC, TWA KLM e IBM ITT... Y así seguirá el mundo, y por mucho mucho tiempo, hasta que un día, desde el fondo de una de esas oficinas silenciosas y herméticas, una mano, apoyándose en un botoncito rojo, no desencadena algún acontecimiento estúpido... 

 Notas (1) La teoría ergódica es el estudio matemático del comportamien­ to promedio de largo plazo de los sistemas dinámicos.
 (2) La plagiología es la rama de las ciencias o tecnologías de la edu­ cación y la documentación que versa sobre el fenómeno de la copia ilegítima en la enseñanza. 
(3) Oferta Pública de Adquisición (de valores o acciones). 


“El santo de los santos”, de Georges Perec

 en Lo infraordinario, 2013 - del blog: descontexto.

8.3.17

EL APARTAMENTO


Mientras el tren le conducia hacia Blanes, pensaba Albert que llevaba una temporada en que todo le estaba saliendo relativamente bién, después de tres años de borrascosas relaciones había decidido romper con Alba y la verdad es que estaba mucho mejor solo que no todo el santo día al lado de ella , peleándose a menudo por nada. No había ninguna mujer actualmente a su vida, pero se decía que una temporada de relajación también le iría bien, a los treinta y pocos años se es todavía demasiado joven para comprometerse,y convivir con una mujer es muy complicado, al menos para él.
Pensaba en todo esto, en que tenía quince días de vacaciones para disfrutar del sol, la playa y lo que se le ocurriera sobre la marcha, y en el apartamento que había conseguido alquilar a un precio más que razonable tal como estaban los precios este año.
El Sr. Natas con quien había hablado por teléfono, le había dicho que era en las afueras de Blanes, más allá de la Plantera, que quedaba uno poco apartado pero a menos de cinco minutos a pie de la playa de los Pinos. Ya le estaba bien, a primera línea de mar los precios eran imposibles y por andar un poquito no le pasaría nada, es bueno hacer ejercicio se decía.
El autobús le dejó en la Plantera, de allí al apartamento había unos cinco minutos a pie, era un edificio de tres plantas, un poco alejado del resto de viviendas de la zona, gris, sin ningun atractivo y bastante desarreglado. Es un poco deprimente - se dijo mientras se acercaba - pero por el tiempo que estaré, no importa.
Al llamar al timbre del primer piso, como le había dicho, apareció el Sr.Natas, rumano, de mediana edad, bajito y regordete y de cabello destripado dejando eso si entrever una excelsa coronilla, repulsivo todo él y con una risa de conejo que ponía de los nervios. Excesivamente amable y servicial como un tendero de antes - se dijo Albert - pero como no tengo que vivir con él......., eso y el recuerdo del precio del apartamento hicieron desaparecer sus aprensiones.
El Sr. Natas le enseñó el apartamento, era el tercero, había todo lo que podía necesitar, dos habitaciones, comedor, cocina y baño bastante completo. Desde el balcón del comedor se veía el mar, quizás estaba a un poco más de cinco minutos, pensó, tendré que alquilar una bicicleta, se dijo. Una vez se fué el Sr. Natas, Albert se dirigió a la playa de los pinos.
Un cuarto de hora largo fue el tiempo utilizado bajo un sol que aún calentaba, pero el agua estaba fresca y se repuso del acaloramiento. No había demasiada gente, quizás porque eran las seis de la tarde, y mira que si estaba bien allí en la arena dejando vagar la mente y recibiendo la cálida caricia del sol de la tarde. Como tenía tiempo de sobra, para eso son las vacaciones se fue hasta el pueblo andando por el Paseo de mar, compró algunas cosas que le faltaban y se quedó a cenar en el mismo paseo. A las once de la noche enfilaba hacia el apartamento.
Se puso la tele en su habitación y viendo "Centauros del desierto" se durmió.........
Un ruido extraño le despertó, como si se moviera todo el edificio, intentó encender la luz, pero el interruptor no funcionaba, el ruido provenía de la cocina, el del comedor si iba de interruptor y al encenderlo Albert se asustó, la cocina se había encogido, la pared del techo estaba apenas a un metro del suelo y estaba aplastando los armarios, la cocina y la nevera. ¿Que está pasando? Se preguntaba asustado, mientras se daba cuenta de que el techo del comedor empezaba a inclinarse. No se sorprendió al no poder abrir la puerta de la calle pero si que se asustó, más aún en darse cuenta que la puerta del comedor la que daba al balcón, estaba tapiada con ladrillos y aún se veía el cemento casi fresco que chorreaba, a pesar de darle patadas no consiguió romperlos. El techo del comedor continuaba inclinándose y la distancia entre las dos paredes se había acortado. Albert comprendió que no comprendía nada pero que le quedaba poco tiempo de vida y moriría sin saber para que, de una manera atroz. Renunciado, se tendió en posición fetal en el sofá y estalló desesperadamente a llorar, mientras por todo lo que quedaba de apartamento resonaba siniestra la risa de conejo del Sr. Natas.

7.3.17

EL ELEGIDO


Aitor se sorprendió al ser llamado por su superior, si bien era cierto y le constaba (se lo habían hecho saber en más de una ocasión) que estaban muy satisfechos con su trabajo como diseñador de hologramas hexa dimensionales, raro era convocar a un empleado de la clase A5 sólo de 30 años como él a las reuniones del Centro.

Mientras el transportador ascendía hasta la planta 64 del edificio, su cabeza no paraba de dar vueltas al asunto. ¿Que deberían querer de él?

- Control k64 identifiques, por favor.

La voz impersonal del control k64 el sacó de su ensimismamiento, introdujo la tarjeta en la ranura y unos destellos azules le indicaron que tenía el paso libre. Continuó por el largo pasillo que lo condujo hasta la puerta del Centro de reuniones, esperó unos segundos y esta se abrió de manera automática, entró, la sala estaba vacía, decidió esperar ....

Dos minutos transcurrieron hasta que una pequeña puerta al fondo se abrió para dar paso a su superior, que dirigiéndose a él con una amable sonrisa le invitó a sentarse. así lo hizo Aitor que esperó ansioso sus palabras ....

- Verá Aitor, supongo que estará intrigado por que le hayamos hecho venir hasta aquí, convendremos que no es un hecho nada normal.

Aitor asientió sin decir nada más.

- Es cierto, usted ha sido escogido para llevar a cabo una tarea muy especial, única diría yo, y lo hemos hecho por varios motivos, uno de ellos que es el mejor creador de hologramas hexadimensionales que tenemos, en segundo lugar es imaginativo y ordenado y tiene también una calidad no demasiado común, sensibilidad, aparte de que sepamos, no mantiene ninguna relación estable. Es así?

Aitor había enrojecido ante tantas alabanzas.

En lo último que ha dicho es cierto, cuando en el anterior creo exagera usted mis méritos, yo sólo intento hacer tan bien como sé el trabajo que me dan, como Gates nos enseñó.

El Superior sonreía.

- No! Aitor, no exagero y debería usted saberlo, aparte de que no estoy aquí para alabarlo porque si y porque usted conteste con falsa modestia, así que permítame continuar ... Por lo que le he explicado hasta ahora, sepa que ha sido usted elegido para llevar a cabo una importante tarea que estamos convencidos puede alcanzar ya la que como ya debe saber no se puede oponer, de acuerdo.

Aitor asintió, podría preguntar de que se trataba pero era perder el tiempo, no le sería comunicado hasta que su Superior lo considerara oportuno, y aparte ya sabía que no podía decir que no.

El Superior se levantó. Bien, es hora de ir al grano, haga el favor de seguirme.

Abandonaron la sala y el transportador los bajó hasta el sótano del edificio, allí un hombre alto y delgado de largos cabellos blancos los estaba esperando.

- Es él? - Preguntó

Sí, es nuestro hombre, el elegido.

- Parece muy joven

Quizás si, pero es la persona correcta, le aseguro que ha sido seleccionado escrupulosamente, y sabe también que no vamos sobrados de tiempo.

- De acuerdo pues, mientras se dirige a Aitor. Haga el favor de acompañarme.

Aitor despidió de su superior y seguimiento al hombre alto y delgado de largos cabellos blancos, tomaron un transportador biónico que los condujo por debajo de la Megápolis durante cinco minutos, al bajar Aitor y su acompañante se encontraban en una sala exactamente igual al anterior, avanzaron por un pasillo y una puerta se abrió ante ellos.

Aitor comenzó a percibir un olor diferente, desconocido para él, un olor antiguo, embriagador. De pronto se encontró ante una enorme puerta de madera, debía de ser muy antigua, al menos del siglo XIX por lo que había visto en algunos reportajes. Aitor estaba cada vez más intrigado, pero el hombre alto y delgado de largos cabellos blancos no decía nada y él persistió en su silencio también.

El hombre golpeó tres veces con la aldaba que había en la parte derecha de la puerta, pasados ​​dos minutos esta se abrió y apareció un hombre menudo y rechoncho que aparentaba tener muchos años, al menos 180 o quizás más - se dijo Aitor -.

Bienvenidos, os estaba esperando, llegaís a tiempo de tomar una taza de té.

-¿Tiene té?, Que extraño, se dijo Aitor, si ya no hay.

El hombre alto y delgado de largos cabellos blancos no contestó y se limitó a seguir al hombre pequeño y rechoncho que les había ofrecido el té.

A medida que se iban adentrando en el edificio Aitor empezaba a comprender, intuía ya porque había sido elegido, un anciano le había hablado una vez de este trabajo y él sinceramente no le creyó, pero ahora empezaba a entrever que el anciano sabía lo que se decía.

Continuó caminando, sabía que estaba a cien metros bajo tierra, dentro de un edificio singular y único, dañado por la última gran catástrofe del 2035, pero que sin embargo había sobrevivido y había sido recuperado aunque se había mantenido bajo tierra para evitar el expolio y agresión de los supervivientes incontrolados que deambulaban por la superficie. Él, Aitor había sido elegido para ser el guardián y restaurador de la joya de lo que quedaba de Estado, la que había sobrevivido a todas las desgracias de los años anteriores, "el Museo del Prado".

4.3.17

FLOR NEGRA



Miro en torno a la vidriera. No escapa ni un suspiro, una mirada en franca mejoría. Cambia el ritmo de los ruidos, como si empezara un concierto en plena calle, las frenadas, la conversación ajena, el plano argumental de las imágenes. Cruzo el pasadizo curvo. El río lleva poca agua. Está menos hediondo que en otras ocasiones. Las gaviotas entrelazan sus destinos en el vuelo y una anciana grita su hambre a los heridos vientos. Los demás se espantan, pasan, sobrepasan, oyen, desentienden, clarifican, justifican, reflexionan, imaginan otras vidas junto a ella, junto a su destino falso. Otros dejan resbalar una moneda, como fiel acopio de su honor y felonía. Es de noche cuando nos marchamos, yo con ellos, yo con todos, uno más en el fantasmagórico irreal vagón de los idiotas. No hay más rumbo que el de siempre, ni me pesa el alma sin dejar la huella. Es como terminan los cuarenta grados. Es como me acerco al puente del absurdo.

- Relato de Aciro Luménics en Seis mil relatos de ficción absurda, 1961 - del blog tierkries

27.2.17

CAFÉ BÉNABOU


¿Qué sucede cuando la gente no tiene el mismo sentido del humor? No reaccionan adecuadamente entre sí. Es lo que acaba de ocurrirme con el camarero de este Café Tabac de la plaza de Saint-Sulpice, el café donde antaño se sentaba Perec por las mañanas. Decía Wittgenstein que, cuando la gente no comparte el mismo humor, es como si entre ciertos individuos existiese la costumbre de que una persona arrojara un balón a otra, y se estableciera que la otra persona tenía que atraparlo y devolverlo, y que algunas, en lugar de devolverlo, se lo metieran en el bolsillo. Decido olvidarme del camarero de humor distinto y miro hacia la iglesia de Saint-Sulpice. Estoy en el mismo lugar de observación desde el que Georges Perec, en los años setenta, se dedicaba a catalogar esta plaza y anotar de ella muy especialmente «lo que generalmente no se anota, lo que se nota, lo que no tiene importancia, lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes». Aquí escribió Tentativa de agotar un lugar parisino, un libro que consistía en una meticulosa larga lista de lo que había visto en la plaza a lo largo de varios días diferentes. En su momento lo leí con infinita diversión. 
Allí había anotado Perec todo lo que pasaba cuando no pasaba nada y había excluido de su lista sólo lo que pudiera resultar demasiado trascendente, y sobre todo lo que ya estaba «suficientemente catalogado, inventariado, fotografiado, contado o enumerado».

Apuro mi café y tengo un recuerdo para El salto en paracaídas, un breve texto genial, incluido en Nací. Cuando aún era un tierno principiante, hacia 1959, al final de una reunión del grupo de la revista Arguments, Perec pidió la palabra, y su intervención tuvo alguien la ocurrencia de grabarla. Feliz ocurrencia. Perec contó de forma tan inspirada como tartamuda una experiencia muy personal («la cuento porque estoy un poco... porque he bebido un poco»), una aventura de su breve paso por el paracaidismo y la historia de cómo llegó a comprender que, en la literatura y en la vida, era absolutamente necesario lanzarse, tirarse al vacío, «para persuadirse de que eso podría quizá tener un sentido que incluso uno mismo ignorase».

Entre los libros de primera hora que me cambiaron la vida, estuvieron siempre los de Perec, libros que recuerdo haber leído fascinado, devolviéndole al autor, página a página, cada uno de los eufóricos balones que lanzaba. Desde el primer momento, vi que Perec era inseparable de Roussel y de Kafka, precisamente los otros dos escritores que entonces más me interesaban, pues me habían demostrado que en novela era posible hacer cosas muy distintas de las que se predicaban en mi tierra. En aquellos días, por lo que fuera, todo a veces se producía de la forma más sencilla. Y así Kafka, Roussel y Perec llegaron a mí con la máxima naturalidad, casi juntos, y después lo hicieron libros también decisivos como el ensayo novelado Maupassant y «el otro», donde Alberto Savinio, con el pretexto de hablar de Maupassant, acababa hablando de todo, y para eso le bastaba con asociar cualquier idea con el dichoso tema central, en realidad ausente. O libros como El mito trágico del Ángelus de Millet, de Salvador Dalí, cuyo atractivo método de trabajo, alejado de todos los dogmas sobre la novela, se basaba también en asociaciones de ideas, asociaciones que se desplegaban en un tapiz que, al dispararse en todos los itinerarios posibles, acababa por convertirse en inagotable.

Pasa un autobús de la línea 63, y lo anoto —como todo— meticulosamente. Pasa luego uno de la línea 96, que va a Montparnasse. Frío seco, cielo gris. Pasa una mujer elegante llevando tallos en alto, un gran ramo de flores. El 96 es el mismo autobús que Perec atrapara en sus apuntes, y el mismo que luego me trasladará a mi hotel aquí en París, el Littré. Un rayo de sol. Viento. Un mehari verde. Lejano vuelo de palomas. Instantes de vacío. Ningún coche. Después cinco. Después uno. «La trama es una vulgaridad burguesa». Le adjudico la frase a Nabokov. «El estilo avanza dando triunfales zancadas, la trama camina detrás arrastrando los pies», recuerdo que respondió John Banville en una entrevista.

Es posible que estas dos citas sean como lanzar un balón que no van a devolvernos nunca todos aquellos que tienen todavía el humor de situar a la trama decimonónica en un pedestal absoluto. La novela del futuro verá esa trama como una simpleza que hizo furor en cierta época y se reirá de un tópico que me machacó durante mi primera juventud, esa idea de que la novela —«como bien saben en el mundo anglosajón»— ha de privilegiar siempre la trama. Hoy me alegro de haber visto pronto que aquella idea británica sobre la novela, como sucedía con tantas otras, no tenía por qué considerarla una regla inamovible. Me moría de risa el día en que le escuché a Kurt Vonnegut decir que las tramas en realidad eran sólo unas cuantas y no era necesario darles demasiada importancia, bastaba con incorporar —casi al azar— una cualquiera de ellas al libro que estuviéramos escribiendo y de esta forma disponer de más tiempo para la forja de lo que realmente habría de importarnos: la forma de contar lo que vemos, de interpretar el mundo, el estilo.

¿Y cuáles eran esas tramas? Un amigo se las sabe de memoria, tiene una lista muy perecquiana: «Alguien se mete en un lío y luego se sale de él; alguien pierde algo y lo recupera; alguien es víctima de una injusticia y se venga; dos se enamoran, y mucha otra gente se entromete; una persona se enfrenta a un desafío con valentía, y tiene éxito o fracasa; alguien escribe un relato breve (al estilo de Bartleby, el escribiente) y termina escribiendo una historia imaginaria de la literatura del siglo xx (al estilo de Moby Dick)...».

¿Y qué sucede cuando no ocurre nada? Que termina uno a veces por acordarse de los orígenes de su fascinación por las tramas no convencionales y recuerda cuando descubrió que se podían construir libros libres, de estructuras inéditas, con asociaciones y cavilaciones en torno a centros ausentes... Son las doce y doce de la mañana. Pasa un camión Printemps Brumell. Viento. Pienso en métodos construidos con hiperasociaciones de ideas que —como en libros de Savinio o Dalí— no agotan nunca el tema en estudio y observación. Sin duda, una obra maestra absoluta de ese nuevo género fue la hipernovela La vida instrucciones de uso, donde se daban cita todas las tramas de Vonnegut, que de paso eran dinamitadas, en una operación parecida a la de Flaubert cuando en Madame Bovary acabó con el realismo a base de llevarlo hasta su extremo máximo y ser el más realista de todos. Pienso en los veintinueve años y once meses que se cumplen desde que apareciera La vida instrucciones de uso, un libro al que Italo Calvino, por variadas razones —«el compendio de una serie de saberes que dan forma a una imagen del mundo, el sentido del hoy que está también hecho de acumulación del pasado y de vértigo del vacío»— consideraba como el último verdadero acontecimiento en la historia de la novela: puzzle en el que el propio puzzle da al libro el tema de la trama y el modelo formal, y donde el proyecto estructural y la poesía más alta conviven con asombrosa naturalidad.

De hecho, durante un largo tiempo La vida instrucciones de uso fue para muchos, en efecto, el último verdadero acontecimiento de la novela moderna. Después, vendría un gran libro de Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, que recogía con extraordinaria osadía y talento el guante lanzado por Perec. Día de cielo gris, frío seco. Viento. Pasa un señor con aspecto de secretario «provisionalmente definitivo» de alguna sociedad secreta de inventores de aforismos. Parece salido de una de las páginas más divertidas de Perec. Podría llamarse perfectamente Bénabou. Incluso este café, si lo miro bien, podría llamarse también Bénabou. Pasa otro autobús de la línea 63. Pasa el 96. Lasitud de los ojos. Risas sofocadas. Distintos humores. Voy anotando. Alguien mueve un visillo más allá del café Bénabou. Tañidos de la campana de Saint-Sulpice. Se acumula el pasado y al mismo tiempo el vértigo de un vacío, lo que también anoto debidamente. Pasa otro 63. Quisiera decir todo lo que le es posible a un hombre decir, y decirlo, además, de todos los modos posibles. Pero me parece que, ni aun logrando esto, conseguiría terminar algo. Pasa otro 96, éste con aspecto de querer salir disparado hacia las nubes. Como si de una respuesta a semejante aspiración se tratara, ahí arriba, una nube parece inmóvil. Paradojas de cielo y tierra. Risas calladas. No pasará nunca otro 96.


“Café Bénabou”, 
de Enrique Vila-Matas
en El viajero más lento, 1992
del blog: DESCONTEXTO.

26.1.17

MI SOMBRA


Mi sombraNo nos decimos ni una palabra pero sé que mi sombra se alegra tanto como yo cuando, por casualidad, nos encontramos en el parque. En esas tardes la veo siempre delante de mí, vestida de negro. Si camino, camina; si me detengo, se detiene. Yo también la imito. Si me parece que ha entrelazado las manos por la espalda, hago lo mismo. Supongo que a veces ladea la cabeza, me mira por encima del hombro y se sonríe con ternura al verme tan excesivo en dimensiones, tan coloreado y pictórico. Mientras paseamos por el parque la voy mimando, cuidando. Cuando calculo que ha de estar cansada doy unos pasos muy medidos —más allá, más acá, según— hasta que consigo llevarla donde le conviene. Entonces me contorsiono en medio de la luz y busco una postura incómoda para que mi sombra, cómodamente, pueda sentarse en un banco.

Alas -

Yo ejercía entonces la medicina en Humahuaca. Un tarde me trajeron un niño descalabrado; se había caído por el precipicio de un cerro. Cuando para revisarlo le quité el poncho vi dos alas. Las examiné: estaban sanas. Apenas el niño pudo hablar le pregunté:

-¿Por qué no volaste, m’hijo, al sentirte caer?

-¿Volar? -me dijo- ¿Volar, para que la gente se ría de mí?

FIN

Enrique Anderson Imbert
DOS CUENTOS CORTOS
ciudad seva.com

16.1.17

EL ACCIDENTE

El accidente se produjo un martes más o menos sobre las tres de la tarde, bajaba del Paseo de Andalucía de Bellavista hacia la estación del tren por la calle de Cardedeu. Al llegar al stop con la calle Girona, me detuve, el espejo de la derecha no reflejaba ningún... vehículo, aunque siguiendo mi costumbre, miré a la izquierda: efectivamente no venía ninguno. Entro la primera, arranco, y al instante aparece ante mí en mi misma dirección un Seat Ibiza. Chocamos, mejor dicho le embisto por detrás. El golpe es poca cosa, y no me preocupa, lo que realmente me preocupa es de dónde carajo ha salido el Ibiza que hacía unos momentos no estaba.
Al bajar de la furgoneta interpelo al hombre que baja de su vehículo con una expresión entre sorprendida y ausente ...
- ¿De dónde carajo ha salido usted? si hace un momento no estaba ...
- No lo se! es la contestación del hombre.
No se de donde vengo, ni que hago en este coche, ni quien soy, perdone, pero es así, discúlpeme... estoy muy confundido.
Yo insisto: Pero hombre de Dios!, Si he mirado al espejo. Me he parado, he mirado a la izquierda y antes de arrancar hacia adelante, y usted no estaba, pero de repente ya estaba y hemos chocado, poco, pero hemos chocado.
- Me lo puede explicar?
- No lo sé - contesta el hombre -, ya le he dicho que no recuerdo gran cosa, ni quien soy, ni que hago aquí, ni sé qué día es ....
Entonces, el hombre se detiene .... recordó algo ...
- Ya lo recuerdo - dice - iba de Badalona al Aeropuerto para ir a ver la final de la Champions en Atenas entre el Barça y el Milan, tengo, o tenía un vuelo a las 10 de la mañana ... ¿qué hora es ahora ?
- Verá, son las tres y diez de la tarde, pero me parece que no acabará de ser consciente del día y el año ...
- ¿Por qué? estamos a diecisiete de mayo - lo recuerdo - mañana jugamos la final en Atenas y yo espero estar allí cuando aclare este pequeño incidente con usted.

No se como decírselo al pobre hombre, pero se lo debo hacer saber:

- Verá, lo que le voy a decir es delicado, y le agradecería se lo tomara con calma, porque aunque le parezca una tontería inverosímil, es cierto. Hoy, ahora y aquí estamos a 5 de agosto de... 2014 después de Cristo, y lo siento, pero quizás mejor que se perdiera la final, el Barça perdió 4-0 con el Milan y aquello fue el fin del 'dream team'.

El hombre me miró, diría que de pronto comprendió que no le estaba mintiendo y que estábamos donde yo le decía que estábamos.

- Entonces? quiere decir que ...

Le interrumpí ...

Mire, no sé que le ha pasado, lo puedo intuir, pero si quiere un consejo, lo mejor que puede hacer, es hacerse el loco y presentarse en cualquier comisaría de los 'mossos d'esquadra' diciendo que no sabe quién es, que no recuerda nada, ni sabe el año en que vive, no dirá ninguna mentira y todavía se podrá escapar del follón, porque si explica lo que usted y yo nos tememos, será peor el remedio que la enfermedad. Supongo que los suyos, hace tiempo que más que desaparecido, le han dado por muerto y se puede encontrar con cambios en su casa, pero créame, hágase el loco, es la mejor solución.

- Quizás sí! dijo el hombre, pero y el golpe que me ha dado, deberíamos hacer el parte.

No pude evitar una sonrisa.

¿El parte? ... Señor, usted hace 20 años que no tiene seguro.


EL DESIERTO


Ray Bradbury

Oh, el día feliz al fin ha llegado…

Era la hora del crepúsculo y Janice y Leonora preparaban infatigablemente el equipaje, entonando canciones, comiendo algún bocado, y animándose mutuamente. Pero no miraban la ventana, donde se apretaba la noche, y las estrellas eran brillantes y frías.

-¡Escucha! -dijo Janice.

Parecía un buque de vapor río abajo, pero era un cohete en el cielo. Y más allá… ¿el sonido de unos banjos? No, sólo los grillos de una noche de estío en este año 2008. Diez mil sonidos en la ciudad y la atmósfera. Janice, cabizbaja, escuchaba. Hacía mucho, mucho tiempo, en 1849, esta misma calle había hablado con voces de ventrílocuos, predicadores, adivinos, doctores, jugadores, reunidos todos en esta misma ciudad de Independence, Missouri, esperando a que se tostase la tierra húmeda y la alta marea de la hierba creciese hasta sostener el peso de carros y carretas, los indiscriminados destinos, y los sueños.

Oh, el día feliz al fin ha llegado, 
y a Marte nos vamos, Señor, 
cinco mil mujeres en el cielo, 
una siembra abrileña, Señor.

-Es una vieja canción de Wyoming -dijo Leonora-. Le cambias las palabras y sirve muy bien para 2003.

Janice alzó la cajita de píldoras alimenticias, imaginando las cargas que habían llevado aquellas carretas, de anchos ejes y elevados asientos. Por cada hombre, cada mujer, ¡increíbles tonelajes! Jamones, tocino, azúcar, sal, harina, fruta, galleta, ácido cítrico, agua, jengibre, pimienta… ¡una lista tan grande como el país!

Y ahora, aquí, unas píldoras que cabían en un reloj pulsera la alimentaban a una no desde el Fuerte Laramie a Hangtown sino a lo largo de todo un desierto de estrellas.

Abrió de par en par las puertas del armario y casi lanzó un grito.

La oscuridad y la noche y el espacio que separaba los astros la miraban desde dentro.

Años atrás su hermana la había encerrado en un armario, y en una fiesta, jugando al escondite, había corrido por una cocina, hacia un vestíbulo largo y sombrío. Pero no era un vestíbulo. Era una escalera a oscuras, una boca de sombra. Había corrido en el aire, agitando los pies, gritando y cayendo. Cayendo en una negrura de medianoche. Un sótano. Tardó mucho, un latido, en caer. Y había estado ahogándose mucho, mucho tiempo, en aquel armario, sin luz, sin amigos, sin nadie que oyera sus voces. Apartada, encerrada en la oscuridad. Cayendo en la oscuridad. Chillando.

Los dos recuerdos.

Ahora, abiertas de par en par las puertas del armario (la oscuridad como una colgada mortaja de terciopelo que espera el roce de una mano temblorosa; la oscuridad como una pantera negra que respiraba allí dentro, que la miraba con ojos opacos) los dos recuerdos la asaltaron otra vez. El espacio y una caída. El espacio y el encierro. Los chillidos.

Habían trabajado sin descanso, empaquetando, apartando los ojos de la ventana y la terrible Vía Láctea y la inmensidad vacía. Pero el armario tan familiar, con su noche privada, les recordaba al fin su destino.

Así sería, allá fuera, entre los astros, en la noche, en el espantoso armario cerrado, chillando, sin que nadie oyera. Cayendo para siempre entre nubes de meteoros y cometas impíos. Cayendo por la abertura del ascensor. Cayendo por la boca de pesadilla de la carbonera, hacia la nada…

Janice gritó, y el grito se volvió sobre sí mismo, en su cabeza y su pecho. Gritó. Cerró de un golpe la puerta del armario. Se apoyó contra ella. Sintió que la oscuridad respiraba y se agolpaba detrás de la puerta, y la sostuvo firmemente, con los ojos húmedos. Se quedó así mucho tiempo, mirando trabajar a Leonora, hasta que terminaron los temblores. Y la histeria, así ignorada, fue escurriéndose poco a poco. En la habitación se oyó el tictac de un reloj pulsera, con un claro sonido de normalidad.

-Noventa millones de kilómetros. -Janice se acercó al fin a la ventana como si fuese un pozo profundo. -No puedo creer que unos hombres, en Marte, esta noche, levanten ciudades, esperándonos.

-Embarcaremos mañana, no hay más que creer. Janice extendió un camisón blanco como un fantasma.

-Raro. Raro… casarse… en otro mundo.

-Acostémonos.

-¡No! La llamada es a medianoche. No dormiría pensando cómo decirle a Will que iré a Marte. Oh, Leonora, piénsalo, mi voz viajando noventa millones de kilómetros por el teléfono luz. Cambio de parecer tan rápidamente… Tengo miedo.

-Nuestra última noche en la Tierra.

Ahora que lo sabían y lo aceptaban, el conocimiento las encontraba afuera. Se iban, y no volverían jamás. Dejaban la ciudad de Independence, en el Estado de Missouri, en el continente americano, rodeado por un océano, el Atlántico, y por otro, el Pacifico. Y ningún océano aparecería en los marbetes del equipaje. Habían escapado a este último conocimiento. Ahora se enfrentaban con él. Y se sentían aturdidas..

-Nuestros hijos no serán americanos, ni siquiera terrestres. Seremos todos marcianos, hasta el fin de nuestros días.

-¡No quiero ir! -gritó Janice de pronto.

El pánico la invadió con hielo y fuego.

-¡Tengo miedo! ¡El espacio; la oscuridad, el cohete, los meteoros! ¡Nada alrededor! ¿Por qué he de ir?

Leonora la tomó por los hombros y la apretó contra su cuerpo, acunándola.

-Es un nuevo mundo. Como en los viejos días. Los hombres primero, y luego las mujeres.

-¡Por qué, por qué he de ir, dime!

-Porque -dijo al fin Leonora, serenamente, sentándola en la cama- Will está allá arriba.

Era bueno oír ese nombre. Janice se tranquilizó.

-Los hombres lo hacen todo tan difícil -dijo Leonora-. Antes cuando una mujer corría trescientos kilómetros detrás de un hombre llamaba la atención. Luego fueron mil kilómetros. Y ahora todo un universo. Pero eso no podrá detenernos, ¿no es verdad?

-Temo parecer una tonta en el cohete.

-Seré una tonta contigo. -Leonora se incorporó. -Bueno, recorramos la ciudad. Veamos todo una última vez.

Janice miró la ciudad.

-Mañana de noche, todo seguirá aquí menos nosotras. La gente despertará, comerá, trabajará, dormirá, despertará otra vez, y nosotras no lo sabremos.

Leonora y Janice se movieron por el cuarto como si no pudiesen encontrar la puerta.

-Vamos.

Abrieron la puerta, apagaron las luces, salieron, y cerraron.

En el cielo había muchas idas y venidas. Vastos movimientos florales, grandes silbidos y chirridos, descendentes tormentas de nieve. Helicópteros, copos blancos, que bajaban en silencio. Del este y el oeste y el norte y el sur llegaban las mujeres con los corazones guardados en las valijas, envueltos cuidadosamente en papel de seda. Chubascos de helicópteros cubrían el cielo nocturno. Los hoteles estaban llenos; se armaban camas en las casas privadas; ciudades de lona se alzaban en jardines y prados como flores raras y feas, y en la ciudad y el campo había una tibieza mayor que la del verano. La tibieza de los rostros rosados de las mujeres y las caras tostadas de los hombres que miraban el cielo. Más allá de las colinas los cohetes probaban sus fuegos, y el sonido de un órgano gigantesco estremecía los cristales y los huesos escondidos. En las mandíbulas, en los dedos de los pies y las manos se sentía el mismo temblor.

Leonora y Janice se sentaron en la cafetería entre mujeres extrañas.

-Están muy lindas esta noche, pero parecen tristes -dijo el hombre detrás del mostrador.

-Dos chocolates malteados.

Leonora sonrió por las dos. Janice parecía muda.

Miraron la bebida de chocolate como si fuese la rara pintura de un museo. La malta escasearía durante años, en Marte.

Janice buscó en su cartera, sacó lentamente un sobre, y lo puso en el mostrador de mármol.

-Es una carta de Will. Vino en el cohete-correo hace dos días. Esto me decidió. No te lo dije. Quiero que la veas ahora. Vamos, lee.

Leonora sacudió el sobre, sacó la nota, y la leyó en voz alta.

«Querida Janice. Esta es nuestra casa si decides venir a Marte. Will.»

Leonora golpeó otra vez el sobre y una imagen a colores surgió en el dorso. Era la fotografía de una casa oscura, musgosa, antigua, de color castaño; una casa cómoda, con flores rojas y un cerco verde y fresco, y una enredadera velluda en el porche.

-¡Pero Janice!

-¿Qué?

-¡Es una fotografía de tu casa, aquí en la Tierra, aquí en la calle Elm!

-No. Mira.

Y miraron otra vez, juntas, y a ambos lados de la oscura y cómoda casa, y detrás de ella, había un escenario qué no era terrestre. El suelo era de un raro color violeta, y la hierba de un rojizo pálido, y el cielo brillaba como un diamante gris, y un extraño árbol torcido crecía a un costado, como una vieja con cristales en la cabeza canosa.

-Es la casa que Will construyó para mí -dijo Janice- en Marte. Ayuda mirarla. Todo el día de ayer, antes de decidirme, y cuando sentía más miedo, sacaba la fotografía y la miraba.

Las dos mujeres contemplaron la casa cómoda y oscura a noventa millones de kilómetros; familiar, pero extraña, vieja, pero nueva, con una, luz amarilla en la ventana del vestíbulo.

-Ese hombre, Will -dijo Leonora, moviendo la cabeza-, sabe lo que hace.

Terminaron las bebidas. Afuera una multitud desconocida iba de un lado a otro, y la «nieve» caía persistentemente en el cielo de verano.

Compraron muchas cosas tontas para llevar: paquetes de caramelos de limón, lustrosas revistas femeninas, perfumes frágiles (que los oficiales del puerto decidieran, luego, lo que era «carga esencial»), y caminaron por la ciudad sin preocuparse por el dinero; alquilaron dos chaquetas ceñidas, dos máquinas que vencían la gravedad e imitaban el vuelo de las mariposas, y tocaron los delicados dispositivos y sintieron que flotaban como los blancos pétalos de un capullo.

-A cualquier parte -dijo Leonora-. A cualquier parte.

Dejaron que el viento las arrastrara, dejaron que el viento las llevara a través de la noche perfumada de manzanos, y la noche de cálidos preparativos, sobre la ciudad encantadora, sobre las casas de la infancia y otros días, sobre escuelas y calles, sobre los arroyos y granjas y prados tan familiares, donde los granos de trigo parecían monedas de oro. Flotaron como deben de flotar las hojas ante la amenaza de un viento incendiado, con murmullos de advertencia, y relámpagos de estío que estallan entre recogidas colinas. Vieron el polvo lechoso de los caminos por donde habían paseado en helicópteros a la luz de la luna, en grandes espirales de sonido que descendían a las grillas de frescas corrientes nocturnas, con jóvenes que ahora no estaban allí.

Flotaron en un inmenso suspiro sobre una ciudad ya remota, una ciudad que se hundía, detrás de ellas, en un río negro, y subía, ante ellas, en una marea de luces y color, intocable. Un sueño, ahora, ya manchado por la nostalgia, con temibles recuerdos que se alzaban demasiado pronto.

Flotando serenamente, remolineando, miraron en secreto un centenar de queridos amigos que dejaban atrás, gente a la luz de las lámparas y encuadrada por ventanas que parecían moverse con el viento. No hubo árbol en que no buscaran viejas confesiones de amor, grabadas allí y marchitas; no hubo acera que no recorrieran deslizándose como sobre campos de mica. Por primera vez advirtieron que la ciudad era hermosa, y que las luces solitarias y los antiguos ladrillos eran hermosos, y sintieron que los ojos se les agrandaban, ante aquella fiesta. Todo flotaba en un tiovivo nocturno, con entrecortadas ráfagas de música, y voces que llamaban y murmuraban desde casas hechizadas blancamente por la televisión.

Las dos mujeres pasaron como agujas, tejiendo con su perfume un árbol y el próximo. Tenían los ojos ya colmados, y sin embargo siguieron recogiendo todos los detalles, todas las sombras, todos los robles y álamos, todos los coches que pasaban, y los corazones.

“Siento como si estuviese muerta, pensó Janice, en el cementerio en una noche primaveral y todo viviese menos yo, y todos se movieran, dispuestos a continuar la vida sin mí. En otras primaveras, cuando era muy joven, pasaba por el cementerio y lloraba. Había muertos, y eso me parecía injusto. En noches tan suaves como ésta me sentía viva, y culpable. Y ahora, aquí, esta noche, siento que me han sacado del cementerio y me dejan pasear para que vea una vez más cómo es la vida. Cómo es una ciudad, y la gente, antes, que me cierren la puerta en la cara”.

Dulcemente, dulcemente, como dos linternas de papel en el viento de la noche, las mujeres pasaron sobre sus vidas y los prados donde brillaban las ciudades de lona, y los camiones que correrían hasta el alba. Bajaron y subieron sobre todo durante mucho tiempo.

El reloj de los Tribunales daba sonoramente las doce menos cuarto cuando las dos mujeres descendieron de las estrellas, como telas de araña, frente a la casa de Janice. La ciudad dormía, y la casa las esperaba para que buscaran allí su sueño, que no estaba allí.

-¿Somos realmente nosotras? -preguntó Janice. -Janice Smith y Leonora Holmes en el año 2008?

-Sí.

Janice se humedeció los labios, enderezándose.

-Me gustaría que fuese otro año.

-¿1492? ¿1612? -Leonora suspiró y el viento en los árboles suspiró con ella, alejándose. -Siempre es el día de Colón, o el día de la roca de Plymouth, y maldita sea si sé qué deben hacer las mujeres.

-Quedarse solteras.

-O hacer lo que hacemos.

Abrieron la puerta de la casa tibia, mientras los sonidos de la ciudad morían para ellas. Cerraban la puerta, cuando sonó el teléfono.

-¡La llamada! -gritó Janice, corriendo.

Leonora entró en la alcoba detrás de ella, y ya Janice había levantado el receptor y decía:

-¡Hola! ¡Hola!

Y el operador de una lejana ciudad preparó el inmenso aparato que uniría dos mundos, y las dos mujeres esperaron, una sentada y pálida, la otra de pie, pero igualmente pálida, inclinada hacia ella.

Hubo una larga pausa, llena de astros y tiempo, una pausa de espera no muy distinta de los tres últimos años. Y ahora había llegado el momento, y le tocaba a Janice llamar a través de millones y millones de meteoros y cometas, alejándose del sol amarillo que podía disolver o quemar sus palabras, o chamuscar su sentido. La voz de Janice sería como una aguja de plata, a través de todo, en la noche enorme, con puntadas de conversación, reverberando sobre las lunas de Marte, y más allá. Y la voz alcanzaría al hombre en un cuarto de una ciudad de otro mundo, luego de cinco minutos. Y éste era su mensaje:

-Hola, Will. Janice te habla.

La muchacha tragó saliva.

-Dicen que no tengo mucho tiempo. Un minuto.

Cerró los ojos.

-Quisiera hablarte despacio, pero me indicaron que hablara de prisa, y lo dijese todo de una vez. Así que…, esto quiero decirte: Lo he decidido, iré allá arriba. Saldré en el cohete de mañana. Iré allá arriba contigo al fin y al cabo. Y te quiero, espero que me oigas. Te quiero. Ha pasado tanto tiempo…

“¿Qué me dirá Will? ¿Qué me dirá en su minuto de tiempo?”, se preguntó. Jugueteó con su reloj pulsera y el receptor del teléfono luz crujió en su oído y el espacio le habló con danzas y bailes eléctricos y audibles auroras.

-¿Contestó Will? -susurró Leonora.

-Calla -dijo Janice doblándose sobre sí misma, como si se sintiera enferma.

Y en seguida la voz de Will llegó del espacio..

-¡Lo oigo! -gritó Janice.

-¿Qué dice?

La voz llamó desde Marte y pasó por lugares donde no había amaneceres ni tardes, sino siempre la noche con un sol ardiente en la oscuridad. Y en alguna parte, entre Marte y la Tierra, todo el mensaje se perdió, barrido quizá por la gravedad eléctrica de algún meteoro, o interferido por la lluvia de meteoritos de plata. De cualquier modo, desaparecieron las palabras pequeñas, las palabras poca importantes, y la voz de Will llegó diciendo solamente:.

-…amor…

Luego otra vez la inmensa noche, y el sonido de las estrellas que giraban en el cielo, y los soles que se susurraban a sí mismos, y el sonido del corazón de Janice, como otro mundo en el espacio.

-¿Lo oíste? -preguntó Leonora.

Janice sólo pudo mover afirmativamente la cabeza.

-¿Qué dijo, qué dijo? -gritó Leonora.

Pero Janice no podía decírselo a nadie; era demasiado hermoso para decirlo. Allí se quedó, escuchando una y otra vez esa única palabra, tal como la devolvía su memoria. Se quedó escuchando mientras Leonora le sacaba el teléfono y lo ponía otra vez en la horquilla.

Luego se fueron a la cama y apagaron las luces y el viento nocturno sopló a través de los cuartos trayendo el aroma de largos viajes por la oscuridad y las estrellas. Y hablaron del día siguiente, y de los días que vendrían, que no serían días, sino días-noches de un tiempo intemporal. Las voces se apagaron al fin, hundiéndose en el sueño o el pensamiento, y Janice quedó sola.

¿Así fue hace un siglo, se preguntó, cuando las mujeres, la noche antes, se preparaban a dormir, o no se preparaban, en los pueblos del Este, y escuchaban el ruido de los caballos en la noche, y el crujido de las carretas, y el rumiar de los bueyes bajo los árboles, y el llanto de los niños acostados antes de hora? ¿Y los ruidos de llegadas y partidas en los bosques profundos y los campos, y los herreros que trabajaban en sus rojos infiernos. en la medianoche? ¿Y el aroma de los jamones y tocinos preparados para el viaje, y la pesadez de las carretas como barcos repletos de víveres, con agua en los barriles para volcar y derramar en las praderas, y las histéricas gallinas en los canastos, y los perros que corrían adelantándose por el desierto y que volvían asustados con la imagen del espacio vacío en los ojos? ¿Es ahora como antes? A orillas del precipicio, en los bordes del acantilado de estrellas. Antes el olor del búfalo, y ahora el olor del cohete. ¿Es ahora como antes?

Y Janice decidió, mientras el sueño la invadía con sus propias visiones, que sí, de veras, sí irrevocablemente, así había sido siempre y así seguiría siendo.

FIN

El desierto
[Cuento - Texto completo.]
Rayh Bradbury
ciudadseva.com