El invierno de nuestro descontento se ha vuelto ya glorioso por este mes de mayo, y toda la desolación que pesaba sobre nuestras almas yace en el fuego verde y esplendente de la primavera. Somos los muertos, ¡ah! Tiempo ha que nos ahogamos, y ahora caminamos a tientas por los fondos marinos de un mundo sepultado. Somos los ahogados, nos arrastramos ciegos, caminamos a tientas, sin ojos y chupamos sin preocuparnos por nada. Nos agazapamos en las entrañas de la selva y desde allí saltamos…
Me contaron hace un tiempo una historia muy estúpida, sombría y conmovedora. Un señor se presenta un día en un hotel y pide una habitación. Le dan el número 35. Al bajar, minutos después, deja la llave en la administración y dice: –Excúseme, soy un hombre de muy poca memoria. Si me lo permite, cada vez que regrese le diré mi nombre: el señor Delouit, y entonces usted me repetirá el número de mi habitación. –Muy bien, señor. A poco, el hombre vuelve, abre la puerta de la oficina: –El señor Delou…
No sé cuándo, dónde ni por quién fue escrito el relato titulado «La Tienda de Muñecos». Tampoco sé si es simple fantasía o si es el relato de cosas y sucesos reales, como afirma el autor anónimo; pero, en suma, poco importa que sea incierta o verídica la pequeña historieta que se desarrolla en un tenducho. La casualidad pone estas páginas al alcance de mis manos, y yo me apresuro a apoderarme de ellas. Helas aquí: LA TIENDA DE MUÑECOS «No tengo suficiente filosofía para remontarme a las especul…
Empaco y salimos de la casa con Juan Paulino. Corro tras el niño, las mamás siempre corriendo, siempre detrás, ¿se sienta una madre alguna vez? La selva está mojada por la lluvia de anoche; el sol, con falsa timidez, se asoma entre las nubes. Caminamos sobre un puente de madera cercado por troncos musgosos, hojas cordadas —las más grandes que he visto—, epífitas, ramos de hojas que parecen la corona de una piña: nacen en el tronco de los árboles y viven allí como un castillo al borde de un acan…
Aquí estamos solos otra vez. Es todo tan lento, tan pesado, tan triste... Pronto seré viejo. Y por fin se habrá acabado. Ha venido tanta gente a mi habitación. Han hablado. No me han dicho gran cosa. Se han ido. Se han vuelto viejos, miserables y lentos, cada cual en un rincón del mundo. Ayer a las ocho murió la Sra. Bérenge, la portera. Una gran tormenta se eleva en la noche. Aquí, en lo alto, donde estamos, la casa tiembla. Era buena amiga, amable y fiel. Mañana la entierran en la Rue des …
Qué tiempos aquellos, cuando vivía con mi padre, y no veía la televisión. Las tardes, eran interminables en la Colonia Tepeyac, cerca de la Villa, exactamente a dos cuadras de la Calzada de la Villa. Tardes dedicadas a traducir a los poetas franceses de la Generación Eléctrica, sentado en la cama, junto a la ventana del patio de cemento. Las palomas que mi padre se comía los domingos, cantaban, es un decir, los jueves y los viernes, y ensanchaban la zanja. ¡Las palomas en el palomar de cemento…
El primer pensamiento que tuvo Anderton al ver al joven fue: «Me estoy poniendo calvo, gordo y viejo». Pero no lo expresó en voz alta. En su lugar, echó el sillón hacia atrás, se incorporó y salió resueltamente al encuentro del recién llegado extendiendo rápidamente la mano en una cordial bienvenida. Sonriendo con forzada amabilidad, estrechó la mano del joven. —¿Señor Witwer?— dijo, tratando de que sus palabras sonaran en el tono más amistoso posible. —Así es— repuso el recién llegad…